lunes, 19 de marzo de 2012

CRÓNICAS DE LECTURAS 7: CIENCIA Y TECNOLOGÍA

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CRÓNICAS DE LECTURAS – Siete
Leer Ciencia y Tecnología - Uno

I
Literacidad científico-tecnológica, y el Amanecer del cómo se mete uno en la Ciencia

Uno de los grandes problemas en nuestro país es el del analfabetismo científico y tecnológico. En parte es porque no leemos nada de nada y de Ciencia menos, en parte porque tenemos poco acceso a libros sobre el tema, en parte también porque cuando de Ciencia se trata los Medios de Comunicación nos sirven un menú “científico” basado en una parodia de ciencia, si no en la seudociencia y la superstición. En pocos aspectos como en éste se percibe mejor la influencia destructora que poseen los medios. Pero no insistiremos en ello, lo hacemos ya y lo seguiremos haciendo. Digamos que entre los registros lingüísticos que debiera dominar todo alumno y ciudadano está el científico tecnológico. Esto significa, por una parte la capacidad para decodificar los lenguajes científicos –tecnológicos (si no lo puedes hacer eres un analfabeto científico); y por otra la llamada literacidad científico-tecnológica, que PISA describe cómo la  capacidad para usar del conocimiento científico para identificar problemas y poder sacar conclusiones basadas en la evidencia, que ayuden a entender y tomar decisiones respecto al mundo natural y los cambios que produce en él la actividad humana. Notemos en esta definición esas habilidades cognitivas: identificar problemas, obtener conclusiones basadas en evidencia, comprender, tomar decisiones; y nos percataremos lo muy huérfanos que andamos los peruanos en estos aspectos. Y si antes el conocer y operar con el lenguaje científico ya era importante, hoy en día ya es imprescindible. Pensemos nomás en ese extraño idioma paralelo que se ha enseñoreado en tantos segmentos poblacionales: el computés, cuyo dominio está reservado a algunos iniciados en los arcanos de las ciencias de la Informática y la Computación. Pensemos en los siguientes términos procedentes de estas disciplinas y pensemos si sabemos qué significan (nivel de decodificación) y más aún si los podemos utilizar (nivel de comprensión): bit, byte u octeto, Ley de Zipf, procesador, meme, código Ascii (pronunciado asqui), matriz, interfase, conector de salida, fractal, bus, hashback, memoria RAM, microprocesador, plotter, fibra óptica, ancho de banda, Kbps, input, output, coma flotante, lenguaje hexadecimal, sistema operativo, etcétera, etcétera, etcétera. Y pasa con las computadoras lo mismo que pasa con los automóviles o las refrigeradoras; que las utilizamos sin pensar y sin entender los principios fundamentales de cómo operan. Si por nosotros es, podría ser por magia. Pero no es así para los que las pensaron, planificaron y construyeron. Y esos no fuimos nosotros, fueron ellos, y esos ellos hoy en día nos cobran esa chamba que se dieron, y la pagamos fuerte, créanme.   

¿De dónde rayos me salió a mí el gusto por la Ciencia y la Tecnología? Pues, como en todo, de las experiencias vividas. Distingo dos momentos estelares: El amanecer y el mediodía (no quiero ni pensar en el ocaso). De chibolín le eché el ojo a los libros técnicos de mi padre, recuerdo de sus épocas universitarias en la Facultad de Química Farmacéutica en San Marcos. Yo tenía menos de diez años y nadie suponía que viera esos libros, ni tampoco captaba una jota de ellos. Muchas letras, pequeñitas. Figuras aburridas, en blanco y negro. Las enciclopedias de casa me habían familiarizado ya con contenidos científicos bien mezclados con otros, y como yo ni diferenciaba ni discriminaba, me limitaba a absorberlo. Eso funciona por un tiempo, pero a la larga hay temas más fuertes que otros, según a qué seas expuesto, y empieza uno a centrarse sobre ciertas cosas con preferencia a otras. Por suerte entre los libros en casa había parte de la colección Ciencia Creativa, traducción de la auspiciada por el American Museum de Nueva York, de Historia Natural. Los títulos eran Planetas, Estrellas y Espacio, de Joseph Chamberlain y Thomas Nicholson; e Historia de la Tierra, de Gerald Ames y Rose Wyler. Los he releído más veces de lo que podría contar, y aunque eran para principiantes no los entendí plenamente al principio. Pero no importaba. Tenían fotos y dibujos de enorme interés, y textos bien redactados y sencillos. Me familiaricé y apasioné para siempre con la Astronomía, la observación del firmamento, la Historia Geológica, la Historia de la Vida, la exploración espacial y la Geografía. La satisfacción vital que siento al respecto es tan profunda y marcada que me resulta imposible narrarla con objetividad. Había entrado sin saberlo a la Ciencia, sin saber leer ni escribir, sin anestesia, sin aviso; y ya no me iría jamás. Es que cuando eres niño el refuerzo positivo es decisivo: Mirar el firmamento y reconocer las constelaciones del libro; caminar por un valle, la playa o la selva, y reconocer las rocas, los animales y los fósiles del libro, todo eso no tiene precio. Si me preguntas de dónde surge la pasión por el conocimiento, yo lo respondo con mi experiencia: De aplicar a la realidad lo que aprendiste por medios intelectuales. De experimentar con tu propio cuerpo y tus propios sentidos aquello que leíste, te dijeron o averiguaste. De corroborar las cosas por ti mismo, con tus ojos y con tu cerebro. Se liberan así más endorfinas en el cerebro que fumándose una de la buena. En esto, lo repito, los refuerzos positivos cuentan muchísimo. En casa se adquirió un telescopio, al que le debo horas de observación, y eso que el cielo de Lima es un asco para ver las estrellas, pero los planetas sí que se dejan ver. Una vez me llevaron al Planetario del Morro Solar, una sola, pero quedó indeleble en mi memoria hasta hoy. En un paseo escolar al valle del río Santa Eulalia descubrí un caracol medio fosilizado, y lo entregué al pequeño museo del colegio. Y jamás me sentí tan orgulloso en toda mi vida.

II
El Mediodía de la pasión por la Ciencia, y la Hepatitis C

El mediodía de mi pasión por la Ciencia coincidió con una fulminante, agresiva y discapacitante enfermedad que me mandó varios meses a la cama: La Hepatitis C. Parece ser mi destino que me pasen las cosas “por adelantado”, a veces me he sentido el conejillo de indias de toda mi generación. Tenía 31 años de edad cuando me dio la dichosa enfermedad, y esa maldita ni siquiera existía clínicamente. Le llamaban Hepatitis “ni A ni B”, y francamente era de pararse los pelos, y hasta un poco ridículo, enfermarse de algo que nadie sabía qué cuernos era. Y encima, en provincia. Aún recuerdo lo que me dijo mi amigo el Doctor Sabino Gonzales, Médico Decano del Hospital de Huarmey: Flaco, te jodiste, tienes hepatitis aguda. Así, sin anestesia. Entregué el Hotel a la Cajera, medio moribundo me despedí de los amigos, y me vine a Lima, más amarillo que un chino. Terminé en cama en casa de mi madre, y las cuatro paredes blanco humo del cuarto de visitas fueron mi paisaje por varios meses. Pero aquí no digo verdad, porque mi verdadero paisaje fueron los libros de la colección Biblioteca Científica Salvat, que por entonces aparecía semanalmente. Metido en cama sin poder apenas moverme, con permiso por enfermedad, harto de la programación de la televisión nacional – no había cable en aquellas antediluvianas épocas – me leí todos y cada uno de esos libros, amén de muchos más sobre otros temas. La Hepatitis C es una enfermedad curiosa, que hasta la fecha no tiene cura, apenas un tratamiento con interferón y ribavirina para sostener calidad de vida, tratamiento desconocido por entonces, y que tampoco me hubiera servido de gran cosa. El bendito virus está emparentado con el del VIH, ataca al hígado con devorador entusiasmo y sin que nada sino tu sistema inmunológico se interponga entre él y tú, pues ni había medicinas para curarla ni doctores capaces de algo más que de dilucidar con qué letra mayúscula iban a apellidarla. Hay tres rutas posibles cuando el virusillo te agarra: Uno, se te vuelve crónica – cosa que a mí ya no me pasaría, pues me dio la aguda. Dos, evoluciona hacia la cirrosis, el cáncer al hígado, y eventualmente te mueres. O tres, te curas “espontáneamente”. Todo se resume a una carrera entre el maldito bicho y tu sistema inmunológico, a ver si el uno consigue fabricar los anticuerpos antes que el otro te haga paté el hígado. Si tu organismo no resiste ese Le Mans, fuiste. Los médicos aquí eran tan útiles como las plantas ornamentales, y lo único que pueden hacer es firmar el certificado de defunción y darle palmaditas en la espalda a la viuda inconsolable. Antes que mi organismo decidiera ganar esta mortal carrera, perdí 30 kilos de peso y al final me dejó con un poco de piel ajada para envolver mis huesos. Créanme que entonces ganarle a la Hepatitis “ni A ni B” no era moco de pavo, entraba en juego mucho de eso que llaman voluntad de curación, que de seguro afecta el desempeño del sistema inmunológico. Al tercer mes pasé por una profunda depresión, producida por estar convencido de que si alguna vez salía de esa habitación, lo haría con los pies por delante. Y una de las cosas que me ayudó a superarla fue tener a disposición las decenas de libros de la colección Salvat, que me dieron algo más en qué pensar que en el posible diseño de mi ataúd, y además me distraían del espectacular rasca-rasca que la ictericia produce. Puestos al alcance de una persona con cultura general y con forzado tiempo de sobra para leer, me los devoré. El hecho lirondo es que si estoy aquí escribiendo estas líneas es porque estoy vivo - por lo menos eso creo - para mi propia confusión y la de mis enemigos.

Poseo hasta hoy los cien volúmenes de la Biblioteca Científica SALVAT, todos de autores reconocidos, todos magníficamente bien escritos, y algunos verdaderos clásicos de la Divulgación Científica e incluso de la Ciencia. Un clásico científico no significa que sea lo último en Ciencia, más aún en esta época de investigación constante y creciente, pero sí es de gran importancia como punto de partida si quieres saber algo del tema. Me permito reseñar algunos de ellos. Gorilas en la Niebla – 13 años viviendo entre los gorilas, de Dian Fossey (Volumen 2), probablemente es el único libro de carácter científico en el mundo que se ha llevado a la pantalla grande, protagonizada por Sigourney Weaver. La película comparte con el libro apenas el título y algo de la peripecia de Dian Fossey. Probablemente jamás se hubiera filmado si no fuera por la muerte violenta de Dian, asesinada por los cazadores furtivos que ella tanto detestaba y que militantemente trató de detener. Es fácil de leer, y muy interesante. Cuenta con algunas fotografías que claramente inspiraron algunas de las escenas más conmovedoras de la película, como cuando Dian consigue tras ímprobos esfuerzos tomar de la mano a un Gorila. Otro clásico es La evolución de la Física, de Albert Einstein y Leopold Infeld (Volumen 24). El nombre Einstein está asociado a explicaciones abstrusas y asusta un poco, pero el libro fue pensado como explicación sencilla de la Física. Posee la virtud de explicar la Teoría de la Relatividad situándola en el contexto del que proviene: La Física newtoniana clásica, así que es bastante más accesible de lo que parece. Doce pequeños huéspedes – Vida y costumbres de unas criaturas insoportables, de Karl von Frisch, Premio Nobel, es un encantador librito que narra la vida, costumbres, adaptaciones y modos más adecuados de exterminar a esa docena de bichos tan simpaticones que son la mosca, el mosquito, la pulga, la chinche, el piojo, la cucaracha, la hormiga, el lepisma, la araña, la garrapata, la polilla y el pulgón. Una plausible teoría sobre la evolución del comportamiento de los animales y el hombre es explicada en El Gen Egoísta – Las bases biológicas de nuestra conducta, de Richard Dawkins (Volumen 9), que en su momento levantó harto polvo, y que en la actualidad lo sigue levantando. Conceptos como la inmortalidad de los genes que sobreviven a la selección natural, y el hecho que nosotros, con todas nuestras ínfulas antrópicas no seamos más importantes para los genes que las vacas para las tenias, son escandalosos y dañan nuestra autoestima. No resisto la tentación de citarlo: “… el título de este libro (debió ser) El levemente egoísta gran trozo de cromosoma y el aún más egoísta pequeño trozo de cromosoma. (…) éste no es un título muy fascinante ni fácil de recordar, de tal manera que opté por definir el gen como un pequeño trozo de cromosoma que, potencialmente, permanece por muchas generaciones, y titulé el libro El gen egoísta.”(Pg.´46-47). En la senda de Gorilas en la Niebla, Jane Goodall escribe En la senda del Hombre – Vida y costumbres de los chimpancés (Volumen 23). Como sabemos, los grandes antropoides en acelerada extinción son nuestros parientes genéticos más cercanos, y parece que tenemos más en común con el agresivo y antipático chimpancé que con el pacífico y agradable Gorila, y lo sabemos gracias a las investigaciones de Goodall, la que por cierto, comparte con Dawkins y otros la calidad de gurú científico.

III
Más sobre la Biblioteca Científica

Continúo con otros clásicos científicos o de divulgación científica. Pocos libros he disfrutado tanto como La Lógica de lo Viviente del nobel François Jacob (Volumen 47), y eso que no es de lectura fácil, pues es lo que solemos llamar denso, es decir, cargado de ideas y conceptos. Sin embargo, como ocurre con aquello que nos da más trabajo, pero que conseguimos superar, llegar a entenderlo es una gran satisfacción. Lo interesante es que explica genialmente algo que por lo general no se explica: Cómo pensaban la Biología las diferentes épocas, cómo la poderosa dinámica histórica de los relatos y metarrelatos de una época determinan el curso de la investigación científica. Jacob es un materialista duro, rechaza los azares y las visiones ideales, y se inclina por las grandes tendencias. En Historia estamos tan acostumbrados a que nos hablen de mitología o conquistas políticas y militares, que se nos olvidan las ideas preponderantes y las determinaciones económicas y sociales de una época. Creemos en suma que los griegos clásicos o los renacentistas eran tipos que pensaban como nosotros. Este libro me abrió una perspectiva de la Historia de la Ciencia completamente diferente a la común y silvestre. No podemos pasar por alto el clásico La Doble Hélice, de James Watson (Volumen 85), best-seller internacional publicado originalmente en 1968, que narra en primera persona el proceso de la comprensión de la naturaleza del ácido desoxirribonucleico (DNA, o ADN). La idea preponderante del altruismo científico es hecha trizas en este libro, donde descubrimos que los tales son gentes tan iguales como el resto de la indiada, con sus petulancias, mezquindades, tonterías y luchas por la precedencia, tan iguales como las que puede haber entre los empleados de una peluquería o los socios de un club de golf, y así se entera uno sobre qué es tener éxito en Ciencia. En el estudio del comportamiento animal y humano la colección cuenta con tres grandes clásicos más: Naturalistas curiosos, de Niko Tinbergen (Volumen 19); y Guerra y Paz, y Amor y Odio, de Irenäus Eibl-Eifesteldt (Volúmenes 69 y 63).  El primero es una narrativa de cómo Tinbergen, Konrad Lorenz y otros alcanzaron una mayor comprensión del comportamiento de los animales en su ambiente natural. Los otros dos echan harta leña al fuego de la discusión entre genética y medio ambiente, continuando el proceso iniciado por Darwin, Wallace y otros de destronamiento evolutivo del ser humano. Vaya hombre, somos básicamente iguales a los animales, lo que en realidad no es tan difícil de captar, pero la verdad es que nos creemos lo máximo y no tenemos grandes motivos para ello. 

Que los científicos escriban sobre Ciencia mirando al común de las gentes es conveniente para ellos y conveniente para la indiada. Hacen su parte en la labor de alfabetizar en ciencia, y menos mal no están solos. En la Biblioteca Científica está la Academia Norteamericana de Ciencias, con su Física Nuclear, un Estado del Arte al año 1985 de cómo andaban los conocimientos sobre el tema (Volumen 96); así como la Organización Mundial de la Salud (OMS), que con la FAO edita Los Alimentos y la Salud (Volumen 79). A este volumen le debo haberme sacudido los pajaritos de la cabeza respecto a los temas de Nutrición y Alimentación. La razón es sencilla, es obvio que las toneladas de información contradictoria e inútil que la web y los medios de comunicación presentan sobre nutrición y alimentación son más reflejo de los intereses de los oligopolios y transnacionales de la medicina y la nutrición, que de una visión equilibrada sobre el tema centrada en el Bienestar de las personas. OMS/FAO se constituye como una voz autorizada alejada de los grandes intereses, o por lo menos no tan a sueldo de los interesados en vender sus productos. Aparte de científicos e instituciones, entre los autores hay periodistas y otros especialistas expertos en divulgación científica. Considerando lo increíblemente ignorantes que somos en nuestro medio sobre estos temas, es magnífico encontrar periodistas que emplean sus habilidades en despojar a la Ciencia de su hermetismo. Entre ellos consideremos a Martin Gardner, autor de Izquierda y Derecha en el Cosmos (Volumen 14), El Escarabajo Sagrado (Volúmenes 41 y 42), La explosión de la relatividad (Volumen 45) y Miscelánea Matemática (Volumen 49); a John Gribbin, autor de En busca del gato de Schrödinger (Volumen 20), Génesis (Volumen 48), La Tierra en Movimiento (Volumen 50) y El Clima Futuro (Volumen 58); a Paul Davies, autor de Superfuerza (Volumen 4), La Frontera del Infinito (Volumen 12), Otros Mundos (Volumen 28), El Universo accidental (Volumen 56) y En busca de las ondas de gravitación (Volumen 84); a James Trefill, autor de De los átomos a los Quarks (Volumen 8), El momento de la creación (Volumen 31), y El panorama inesperado (Volumen 39). Es difícil dar cuenta de tanto buen autor y título, hay en esta Colección pocos libros de relleno, y hasta esos son interesantes. Así que algo bueno surgió de la Hepatitis C, después de todo: La reflexión sobre cómo era posible que hubiera vivido hasta entonces sin entender por lo menos en algo el mundo que me rodea. Me enteré así del enorme tamaño de mi ignorancia. Ví que leer libros de divulgación científica no es estudiar una disciplina científica. Adquirí así un nuevo respeto por la Ciencia y la Tecnología, en especial gracias a los Filósofos y Pensadores incluidos también en la colección, tales como Gerald Feinberg, el genial Arthur Koestler o el Psicólogo B. F. Skinner, que me abrieron nuevas rutas de pensamiento. Le tomé gusto a las ciencias duras, lo que a veces me hace caerles pesado a mis amigos y otras gentes. Ese fue el resultado de algunos meses en cama en compañía de esa magnífica y hoy desfasada colección, pues el tiempo pasa y la ciencia avanza con enorme rapidez en estos días. Mi curiosidad por la ciencia obtuvo nuevo impulso, y he de decir que es parte importante de mi felicidad personal el entender algo del Universo en el que me ha tocado pasar mi vida.

IV
Más, más y más sobre Ciencia y Tecnología

En Ciencia y Tecnología, como en todo, no puede uno detenerse. Si no te pones al día, te quedas y te anquilosas, más aún en una actividad con tanto de innovación e investigación. El primer riesgo que el apasionado de la Ciencia corre es la increíble amplitud de la data involucrada. Otro igualmente desagradable es que se te pierda el método, te creas el cuento de la auctoritas, y empieces a tratar la Ciencia y la Tecnología como si fueran Religión o Filosofía; o peor aún, Astrología o Metafísica ingenua. La pequeña sabiduría siempre, siempre, siempre, siempre es peligrosa. Y otro riesgo más es el aislamiento, el individualismo, el regodearse solito en el asunto que solo te lleva a una estúpida pedantería intelectual, a creértela, más aún en nuestro medio ambiente donde ser tuerto en tierra de ciegos suele rendir réditos. Contra estos riesgos encuentro que lo más aconsejable es colarse a lo bruto en el mainstream (“corriente principal”), en los trends (“tendencias”) de actualidad. Y eso, en primer lugar, implica que tarde o temprano deberás decidirte a concentrar tu atención y tu tiempo, porque no puedes hacerlo todo, y ni lo intentes, es muy frustrante. Céntrate en dos, máximo tres temas de los más cercanos a tu interés, tu actividad, tu necesidad y/o tu pasión. Y mientras más puedas empatar esas cuatro cosas, mejor todavía. Date todo el tiempo que necesites para administrarte. En segundo lugar, maximiza tu tiempo, por más poco de él que dispongas. Yo, como docente, encontré tema de especialización en las funciones cognitivas de la Lectura y en la Biología del Aprendizaje, temas en los que sigo investigando por mi cuenta, montado en mi labor docente, en mi curiosidad, en mi pasión por conocer y en el fabuloso y extraordinario instrumento que es la Internet, que te permite si no estar al día, cuando menos saber qué se está haciendo en esas áreas que te fascinan. Suscríbete a revistas científicas de especialidad, es plata bien gastada, y si no tienes plata, pues hay informativos gratis. Como condición heurística obligatoria, tendrás que alcanzar competencia en la lectura en Idioma Inglés. Si esperas a que te traduzcan lo importante vas frito, compañero. Por cierto, gracias a esto mejoré tanto mis competencias que, sin haber seguido sino circunstancialmente cursos de inglés, alcancé inmersión y competencias suficientes para ganarme la vida, entre otras cosas, traduciendo del inglés al español textos de Ciencia y Tecnología.

Por supuesto, me sigue gustando la Astronomía, pasión de décadas, y hoy en día la tengo empatada con mi gusto por la Historia. La Arqueoastronomía es una disciplina en la que me estoy metiendo a la mala, montado en el simple hecho que a diferencia de muchos arqueólogos, indudablemente competentes en su área, entiendo cómo funcionan los objetos del firmamento, aunque siempre se puede aprender más. Me estoy leyendo el librote de Tom Zuidema, El calendario Inca, y aunque el hombre para redactar es la muerte, con mucho esfuerzo lo voy entendiendo un poco más cada vez. Si bien los artículos sobre Ciencia son interesantes y te ponen al día, no basta con ellos, hay que tratar de seguir leyendo libros de Ciencia, so pena que se te difumine tu habilidad adquirida. Así pasa con la Lectura, la función hace al órgano. Me pasó que tuve la suerte y la desgracia combinadas de acceder de chico a un texto universitario de Astronomía, Introducción a la Astronomía, de Cecilia Payne-Gaposchkin. Por desgracia, este libro me fue impuesto para participar de mocoso en uno de esos detestables concursos que premiaban con dinero la memoria eidética - disfrazada de  “erudición” - de jovencitos que por su leer sabían algo más que el resto sobre Genghis Khan, Astronomía o la Segunda Guerra Mundial. Por suerte, este libro me dejó sembrado el convencimiento de lo mucho que hay por aprender, y con los años se convirtió en una fuente de consulta importante. Además, cada capítulo estaba presidido por citas literarias procedentes de Esquilo, Safo, Shakespeare, Milton, Dante, Tennyson, Browning, Spenser y otros afamados narradores y poetas. Si no lo han notado, he copiado esta característica en los artículos de mi blog. Entre otros libros sobre Ciencia que he leído en estos años, quizá los más interesantes son Historia del Tiempo – Del big bang a los agujeros negros, de Stephen Hawking, best-seller probablemente entendido por mucho menos gente que la que lo compró, pero que yo, gracias a mis lecturas previas, pude captar más o menso. Un libro hermoso en su complejidad y que amplió mucho mis horizontes sobre la Biología del Aprendizaje: Biología Celular y Molecular, del argentino Eduardo De Robertis, que mi amigo el eximio profe de Ciencias Atilio Florencio (a) “Viceministro” siempre miró con envidia y estuvo al borde de birlármelo muy amistosamente. El azar y la necesidad, de Jacques Monod, es un clásico sobre la Filosofía de la Biología, y lectura obligada si quieres realmente reflexionar sobre lo que es y hace la ciencia. Matt Ridley escribe un best-seller de gran factura y muy detallado, Genoma, dedicado al extraordinario logro del desciframiento de la estructura genética del genoma humano, y adecuada introducción para entenderlo para los que no somos biólogos o especialistas, e importante fuente para apreciar sus consecuencias.

V
Colofón

Que el ciudadano promedio comprenda en algo la Ciencia y la Tecnología que afectan su vida cotidiana es imperativo, so pena de caer en la demagogia. Incluso para nosotros, tan alejados de los centros del saber científico, temas como el de los impactos ambientales de la Minería o de los Transgénicos, se nos vuelven política diaria. Estoy plenamente seguro que si nuestros políticos y clases dominantes se hubieran preocupado algo más de educar al pueblo, y algo menos de llenar sus propias arcas, la situación actual pintaría diferente.

No pretendo que los libros reseñados sean ni los únicos ni los más importantes. Fueron y son importantes a mí, coincidieron con circunstancias vitales importantes, y no es que sean necesariamente los mejores o más importantes en su área, sino simplemente los más cercanos a mis sentimientos y emociones, que me acompañan desde siempre y lo seguirán haciendo hasta que llegue la que deshace las reuniones. Creo que lo importante acá es el proceso de la pasión, más que los títulos mismos, aunque no hay libro reseñado que no tenga su valor intrínseco. Quizá por ello no he enfatizado lo suficiente lo importante de alfabetizarse y “literasizarse” (como diablos se escribirá eso) en Ciencia y Tecnología. En todo caso, cuando de ciencia se trate, lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. Pero lee.

La siguiente Crónica de Lectura sobre Leer Ciencia está en el siguiente link:  http://memoriasdeorfeo.blogspot.com/2012/12/cronicas-de-lecturas-catorce-leer.html