1 al 9 - CRÓNICAS DE LECTURAS

CRÓNICAS DE LECTURAS



Para mí mismo, 
y porque me lo debo.


Tengo miedo de escribir, es tan peligroso. Quien lo ha intentado, lo sabe. 
Peligro de revolver en lo oculto y el mundo no va a la deriva, 
está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar. 
Para escribir tengo que colocarme en el vacío. 
(Clarice Lispector)

Instrúyanse, porque necesitaremos toda nuestra inteligencia. 
Conmuévanse, porque necesitamos todo nuestro entusiasmo. 
Organícense, porque necesitaremos toda nuestra fuerza.
(Antonio Gramsci)

Empuña el libro, hambriento. Es un arma.
(Bertolt Brecht)





CRÓNICAS DE LECTURAS - Uno
Cómo empecé a leer

I

Dicen las consejas familiares que yo aprendí a leer espontáneamente a los tres años de edad. Francamente, yo no me acuerdo. Se me hace difícil creerlo, aunque me gustaría harto, pues desde que tengo memoria, mi patria fueron los libros. Por otra parte las leyendas familiares son parte de ese algo que te hace sentir, bien o mal, que no llegaste a este mundo porque sí, sino que estabas en un contexto que en parte ha hecho de ti lo que eres hoy. Tras haber visto tantas personas cuyo pasado solamente le reporta dolores y retorcimientos interiores, he llegado a apreciar sobremanera esos pequeños espacios vitales del pasado que cobran valor mucho después de ocurridos, precisamente en los momentos críticos, cuando la vida parece un frenesí indetenible; o cuando estás en esos hiatos personales donde, al revés, todo parece detenerse, te vuelves sobre ti mismo y tratas de reconstruirte y volver a la batalla.

Suena bonito eso de contar que se aprendió a leer espontáneamente a los tres años de edad. Sin embargo, no me la creo tanto. Los tres años en la vida de un niño son un período muy largo y sus procesos muy complejos. Nadie jamás me contó si tan memorable acontecimiento pasó cuando tenía yo tres años y un mes o tres años y once meses. Y hay diferencia, les comento. Yo tuve la suerte de ver mucha gente a mi alrededor leyendo, y la suerte de tener quien me contara cuentos. De hecho tanto mi madre como mi abuela lo hacían, y sin saberlo, aplicaban el dedo de Vygotsky, eso he llegado a colegir. Vygotsky fue un innovador educador soviético que entendió a la sociedad como educadora, ubicando dinámicamente al educando en lo que él llamaba “zonas de desarrollo”, de modo que el educando avanza su aprendizaje en la medida que la sociedad – estado, familia, comunidad, medios de comunicación, escuela, etc. - pone a su alcance y le da acceso a los contenidos de la cultura. Como estos contenidos se presentan de manera espontánea y desordenada en todo nuestro devenir social, el educador lo que hace es guiar al educando de una zona de desarrollo a otra, y eso es lo que representa el dedo de Vygotsky.

II

Durante mi existencia he llegado a conocer tres versiones diferentes de lo que pasó entonces. Cual el Sherlock Holmes de la ficción, he buceado en ellas un tanto para encontrar qué hay de verdad en todo ello. Las tres versiones concuerdan en que todo ocurrió repentinamente la tarde de un sábado. Mi abuela me ve mirando un cuento, muy probablemente uno con unas muy bellas y coloridas ilustraciones – cuyas imágenes medio borrosas me acompañarán hasta el día de mi muerte – y me pregunta qué hago. Yo le respondo que estoy leyendo, y ella me dice que qué voy a estar leyendo, mocoso, si yo no sé leer. Insisto tercamente en que estoy leyendo, y entonces mi abuela me somete a un test, toma el periódico y pone el dedo en algunas palabras. Yo las decodifiqué, al parecer correctamente.

Mi abuela al punto se emociona y pega de gritos, llamando a mi padre, que hacía el geniograma, y a mi madre, que estaba en sus quehaceres domésticos. “¡Ya sabe leer!” Mi madre dejó lo que estaba haciendo y se acercó embelesada a ver a su primogénito decodificar las palabras de los titulares del periódico. Mi padre no consideró adecuado dejar el geniograma y más bien hizo una de esas afirmaciones que le gustaba hacer desde su sitio, algo así como esto: “Y, ya aprendió a leer, era previsible”, o algo así.

III

A mí debió haberme gustado mucho eso de ser el centro de la atención, y ello debió de ser tan gratificante y tan positivamente reforzador, que desde entonces no he parado de leer. Incluso debo decir que a veces ello me ha traído problemas. La cosa es que este fue el punto de partida de un proceso que desde entonces he continuado sin parar un momento. La cosa esta de la lectura resultó tan importante en mi vida, que si tuviera que elegir una sola entre todas las experiencia continuas individuales más importantes de mi propia vida la que considero más definitoria y gratificadora elegiría sin dudar un momento, el acto de leer.

Naturalmente, y siguiendo la línea de Vygotsky, la lectura sola no basta. Aunque fue mi punto de partida para todo, si he de ser sincero. Cada experiencia de mi vida posterior a los tres años quedó marcada por el hecho que ya había leído sobre ella en algún momento anterior, y por tanto no llegaba a ellas sin saber en teoría algo sobre el caso. Y he de decir que eso tiene sus gangas y sus mermas. Por una parte, llegaba con algo ya asimilado, y por otra parte esa asimilación era puramente teórica. La confrontación con ciertas realidades resultó extremadamente complicada y trajo sus conflictos. Leer es magnífico, importante, gratificador, fabuloso; y todo lo que se ha dicho de bueno sobre la lectura es cierto. Pero la vida no está en los libros, como dice Marguerite Yourcenar, pues no cabe entera.

IV

Entre los libros y yo hubo un amor a primera vista, de esos que duran toda la vida, continúa hasta la fecha y nada parece indicar que algún día se acabe, si no es con la desaparición física de alguno de ambos, lo que ocurra primero. Entiendo a la perfección ese amor por los libros en otras personas. No me sonrío con autosuficiencia cuando un anciano casi centenario dice que lee para mejorar su cultura. Entiendo lo que es una pasión intelectual, porque la comparto en su misma quintaesencia, y nada me parece más espantoso que imaginarme un mundo sin lectura y sin libros. Pero no me importan tanto los libros físicos, los soportes son puramente materiales, y una Tablet, iPad o pantalla cualquiera son igualmente adecuadas cuando se siente la sed de saber. Lo importante para mí es el acto mismo de leer.

Sé que existen diferentes pasiones. El deportista de salto alto que lucha con su cuerpo para formarlo e integrar cada gramo de músculo y cada ápice de aprendizaje motor para convertirlo en un centímetro más, no es diferente del lector que fuerza su capacidad y se detiene un momento para digerir y entender lo leído e integrarlo a su acervo intelectual. En ambos casos hay lo mismo: Lucha, esfuerzo, autocontrol, autodominio, autonomía y fortaleza de carácter. Como maestro, he entendido que esa pasión es lo mejor que se puede transmitir a niños y jóvenes. Es una pena que nuestra sociedad no lo entienda aún. Para que haya pasión por la lectura tiene que haber libros, bibliotecas y bibliotecarios. Para que haya pasión por el deporte tiene que haber canchas, implementos y entrenadores. Pero eso solo no basta, es necesario despertar la pasión, motivar el esfuerzo, no desencantar tempranamente a los niños y jóvenes. La Educación no es una actividad más, es forjar el futuro. Si no lo hacemos, lo pagaremos caro.


CRÓNICAS DE LECTURAS - Dos
Leer un libro en un Curso Universitario

I

Para redimir los males de mis pecados he tenido que enseñar Filosofía a alumnos universitarios y escolares. Además dediqué algún tiempo a entrenar profesores secundarios de colegio público para que la enseñen. Tenemos por ende una idea de lo complicado que es enseñar Filosofía. De hecho, la enseñanza clásica de Filosofía no era sobre Filosofía, sino casi siempre se concentraba en una erudita Historia de la Filosofía, lo que planteado a los estudiantes de hoy – excepto a los de Filosofía - conduce a que terminen odiando por partida triple la lectura, la filosofía y la historia. Nuestra currícula escolar no cae en eso, más bien plantea la necesidad de filosofar, es decir, reflexionar a la manera filosófica. Me parece adecuado, porque la Historia de la Filosofía le debe más a la Historia que a la Filosofía, y tiene sus propios métodos y procedimientos. Pero la tendencia sobrevive, y hay profesores que creen que el estudiante tiene que saberse absolutamente todo, desde Tales de Mileto hasta Richard Rorty. Por otra parte, no todo estudiante será filósofo, pero toda persona debería poder acercarse a los grandes temas de la Filosofía, más que nada para aprender a decir su palabra. La utilidad del curso para la mayoría no está entonces en sus conceptos, cuanto en el ejercicio del pensar.

En la Universidad donde enseñaba encontré que me habían encajado dos cursos en uno: Lógica y Filosofía, por necesidad de malla curricular, pues se necesitaban horas para dárselas a cursos considerados más importantes para las carreras de Turismo y Gastronomía. En estos casos se entiende que el curso está en la malla porque contribuye de uno u otro modo a cumplimentar un determinado perfil del egresado, y por eso hay que integrar las características de la disciplina al perfil de la carrera, sea por las habilidades o por los conceptos. Me solicitaron el syllabus, y debe haber salido bien, pues hasta ahora se utiliza. El Perfil del Egresado supuestamente está basado también en un Diagnóstico de los ingresantes, aunque yo jamás he visto uno. Pero eso no exime a uno de hacer su tarea, así que orienté el curso a la reflexión filosófica, y no a la Historia, entre otras razones porque los alumnos universitarios de hoy, a ojo de buen cubero, no leen. Un curso universitario de Lógica y Filosofía no debería caer en la divulgación simplista o en la exigencia académica irracional. Además, mi preocupación personal como amante de la lectura me obligaba a tratar de mejorar las capacidades lectoras en mis alumnos.

II

Cuando se planea un curso hay diversas consideraciones, una de las cuales, y no la menos importante, es uno mismo. No soy un filósofo profesional, soy profesor, así que también me las traigo. Por cierto, esto no siempre se considera en la formación de un equipo humano docente: Un buen equipo combina diversos tipos de docentes: Varones y mujeres, experimentados y jóvenes, teóricos y prácticos, especialistas y pedagogos. Así, pues, diseñé mi Curso empleando estrategias pedagógicas. Programé el Curso en dos fases: Lógica y Filosofía. Dictaba Lógica las seis primeras semanas para preparar a mis alumnos a trabajar con enunciados y proposiciones, entrar en los vericuetos del razonamiento escrito, reconocer falacias y paradojas; es decir, hablando en contemporáneo, a diferenciar lo que tiene sentido del floro y el chamullo. Así los aprestaba para poder operar sobre textos filosóficos de mayor dificultad. La Lógica Formal la veía importante para mis alumnos como un proceso de formalización simbólica muy importante hoy en día en la cibernética y computación, y mis alumnos dedicaban tiempo a concentrarse sobre los conjuntos de proposiciones, formalizarlos y operar con ellos. Para muchos era su primera experiencia directa sobre el lenguaje. Tenía la suerte de trabajar en tándem con el profesor del Lenguaje, buen amigo mío, y mientras yo trabajaba sobre enunciados y proposiciones él hacía lo mismo desde su disciplina, tratando de accionar coordinados. Lo complicado era obtener de los estudiantes la motivación necesaria para atreverse a operar lógicamente, y persistir cuando no funcionaba al principio. Nuestros estudiantes están mal orientados cognitivamente, creen que aprenden automáticamente por la simple exposición al conocimiento. Esta mala costumbre es herencia del sistema escolar, el estudiante aprende que si no la agarró a la primera – al modo de un clic del mouse para que la operación se realice – entonces no podrá más, abandonará el esfuerzo y quedará librado a sus propios e inexistentes recursos intelectivos.

La fase de Filosofía – otras seis semanas de dictado - era igualmente complicada, de modo diferente. Abarcaba temas de antropología filosófica, filosofía del lenguaje, filosofía de la Religión, epistemología y ética, y un trabajo sobre Historia de la Filosofía, todo en seis semanas. Traté de integrar las preocupaciones de los muchachos con los grandes problemas filosóficos. Aunque la Universidad no me proporcionaba mucho más que aula, pizarra y a veces plumones, mucho se puede solamente con ello, y yo insistía con mis preocupaciones lectoras. Deseaba que mis alumnos lean un libro de punta a cabo, así que empecé optimistamente dejando como lectura obligatoria la novela El Mundo de Sofía – luego lo cambié a Ética para Amador. Por supuesto le dedicaba su par de clases, monitoreando el avance del libro desde el principio del semestre. Otras estrategias de lectura eran el trabajo sobre textos muy cortos que motivaran y requirieran un esfuerzo calculado de mis alumnos, aún los menos dotados, a comprender algunos de los problemas filosóficos vinculados. Algunos ejemplos: “De lo que no se puede hablar, mejor es callarse” (Wittgenstein); “Si digo de lo que es, que es, digo verdad; si digo de lo que es, que no es, digo falsedad” (Aristóteles); “Pienso, luego existo – Cogito, ergo sum – Je pensée, donc je suis” (Descartes). Tuve además que emplear muchas técnicas remediales de comprensión lectora, entre las que una de las más rendidoras era escribir en la pizarra las citas mencionadas, y analizarlas con mis alumnos, sea en grupos, en plenaria, o individualmente, combinando lo escrito y lo oral.

III

Me sobran las anécdotas de alumnos que tomaban el rábano por las hojas en esto de leer un libro. Son jocosas, aunque con dejo dramático, pues no expresan únicamente el eterno y muy comprensible deseo del estudiante a lo largo de la Historia de hacer lo menos posible, sino el indicio de todo lo que nos falla en el tema de la lectura. Desde el primer semestre me percaté que El Mundo de Sofía era demasiado para mis muchachos. No quiero ni imaginarme lo que pasará con profes que dejan para leer textos largos de Heidegger, Spinoza, Hegel o Lakatos. Ya tenía yo bastantes problemas con El Mundo de Sofía, dada su extensión, aunque es un best-seller que bien vale la pena leer. Trata una aparentemente sencilla historia de ficción, en la que una chica de 14 años, Sofía Amundsen, recibe lecciones por correspondencia de un misterioso profesor, cuyas explicaciones conforman más o menos la mitad del libro. Instruía a mis muchachos a que leyeran el libro como la novela de entretenimiento que es, sin tratar de profundizar, pues es un texto de disfrute intelectual, y sus alcances filosóficos serían discutidos en clase. El devenir de la trama lo permitía, pues los protagonistas descubren ser seres de ficción en una novela escrita por un misterioso oficial de las fuerzas de paz noruegas en el Líbano, que, por cierto, no imagina que a él también es narrado por el autor del libro. Una novela dentro de una novela, que iba avanzando en dramatismo y realismo. Por otra parte el lenguaje no era muy difícil de entender, y poseía además riqueza interpretativa.

El nombre de la protagonista no es casual, pues el autor Joostein Gaarder es noruego. Amundsen es un apellido glorioso, el de Roald Amundsen, explorador moderno, descubridor del Paso del Noroeste en 1906 y del Polo Sur en 1911, y que murió en su ley buscando a un compañero perdido en el helado Ártico. A su vez, Sofía no significa solamente “sabiduría”, sino que es transliteración de “Sophia”, que es, nada más y nada menos, el nombre con el que se denota la naturaleza femenina de la divinidad, la Diosa que Dios seguramente también debe ser. Como resulta obvio, el nombre de la protagonista arrastra resonancias de la aventura del conocimiento, lo que parecía interesante y formativo para un curso de Filosofía.

IV

Muchos de mis alumnos hicieron lo posible por no leer El Mundo de Sofía. Los que lo hicieron, más o menos la mitad, ganaron entrenamiento en lectura, conocimientos filosóficos, intereses diversos y algunas cosas más. Entre la otra mitad, se distinguía con demasiada claridad que el tamaño del libro los asustaba. Muchos de ellos jamás habían leído un libro completo en su vida. Ante esto, mis recomendaciones y seguimiento constantes no contaban mucho, pues la barrera era emocional. Me puse a disposición para asesoría on-line, abrí un email especial para chatear en directo con mis alumnos, pues en su inmensa mayoría tenían cuentas Hotmail. Sentí que algo empezaba a no marchar cuando solo algunos alumnos buscaron asesoría on-line o presencial. Los veía on-line todo el tiempo, por cierto. El texto podía ser excelente, pero leer los aterrorizaba. El hecho desnudo es que algunos de estos alumnos no leían ni siquiera el Syllabus, pero a la vez esperaban que yo valorara el esfuerzo que no hacían, lo que es algo desconcertante, algo así como pedir disculpas por no hacer el esfuerzo que harían, si no fuera porque ya eran brutitos debido al sistema educativo. Manera sutil si la hay de sacarse la responsabilidad de encima y empujársela a uno. Obviamente trataban de pasar el curso sin esfuerzo manipulando emocionalmente al profe. Eso seguramente les había funcionado en el pasado, en la propia casa y en el colegio, y trataban de trasladar la experiencia exitosa a la Universidad. Debo decir que demasiados de mis colegas se comían el asunto con zapatos y todo.

Algunos de mis alumnos incluso no se habían percatado que podían pasar el curso sin el 10 % de la nota asignado al Control de Lectura. Entre los trucos que trataron para hacerse pasar como jóvenes esforzados que no podían con el curso estaban los resúmenes sacados de Internet, el visionado de la película en YouTube – ahí me enteré que el libro tenía su película –, el copiado intensivo a la hora de la evaluación (truco que conmigo no funciona, en esto me las sé todas), la invención de respuestas jaladas de los pelos, y otros recursos, algunos francamente penosos e irreproducibles. Respondí al problema con algunas evaluaciones en la línea de la investigación-acción; por ejemplo, algunos de mis alumnos de menor rendimiento académico leían de viva voz ciertas citas en la pizarra, escuché con más atención las intervenciones, me fijé más en las habilidades cognitivas desplegadas, y llegué a la penosa conclusión de que había sobreestimado a mis alumnos: Algunos no llegaban a decodificar, es decir no es que tuvieran problemas de comprensión lectora, es que sencillamente no leían, en casos extremos mostrando analfabetismo funcional. Es facilista echarle la culpa a los exámenes de ingreso de la universidad, a la ausencia de diagnósticos o a la formación escolar. Tampoco me conviene, no sea que vuelva a trabajar en esa Universidad, hablando claro. Echarle la culpa a la vida tal como es no solamente no resuelve problemas, sino que lleva a un círculo vicioso. Sé que para muchos profes es en este punto que tiras la toalla, te adocenas y pasas por caja a fin de mes. Pero para algo sirve ser docente: Si mi diagnóstico inicial cambia, pues cambiamos de estrategia. Claro que no resultó fácil, pero durante el tiempo que trabajé en esa Universidad tuve la satisfacción de aprender mucho y lograr algunos éxitos.

Me pregunto qué pasaría si en vez de que sean uno o dos profesores los que damos esta pelea, no fuéramos todos los que nos comprometiéramos en eso, en un único esfuerzo bien guerrero y bien profesional: Consciente, constante, continuo, retroalimentado. Soñar no cuesta nada.


CRÓNICAS DE LECTURAS - Tres
Leer Clásicos (1): Género Épico
I

Hay libros cuya lectura marca. En mi historia como lector ha habido muchos de ellos, de muchos tipos. Cuando uno es lector temprano, voraz y copioso, empieza casi siempre por la Literatura. La Literatura es muy amplia en su espectro, aunque los temas son siempre los mismos, y los argumentos más o menos semejantes. Esto es válido desde la primera obra épica registrada, la Epopeya de Gilgamesh, hasta la anti-épica del Ulises de James Joyce, por lo menos. Los temas literarios son más o menos unas dos docenas. Sin embargo, como quería el comediante Jardiel Poncela, aunque todo está dicho, todo está igualmente por volver a ser dicho, así que la cosa puede seguir, y sigue. Y por eso, después de todo, seguimos contando historias y no nos aburre hacerlo, inspirando así a las otras artes, incluyendo a las cinematográficas. Las Epopeyas Clásicas son un buen ejemplo. El género épico narra acontecimientos y circunstancias que quieren ser de gran amplitud, trascendentes, fuertes en su temática, nada menos que los grandes temas que definen a la humanidad. No eran cosa de broma, aunque la sátira y la burla nacieron con la epopeya. Podemos entender por qué los antiguos griegos y romanos emplearon los poemas homéricos (Ilíada y Odisea) para educar a su juventud, pues encontraban sus valores éticos y estéticos dignos de imitarse. Los géneros literarios suelen confundirse, y yo también lo hago, y como después de todo esto no es más que lo que yo pienso, trataré la épica, la epopeya, los Cantares de Gesta y hasta algunas novelas, como epopeya. Total, en esto sigo aquí mi propio gusto.

En su forma, los Clásicos de la Épica fue poesía, y así se conservó por muchos siglos: La Divina Comedia del Dante y El Paraíso Perdido de John Milton emplean aún la forma poética. Al principio la épica se cantaba para diversión y solaz de las gentes. Hoy en día la épica se confunde con la narrativa, normalmente en prosa. Como una de las mejores maneras de enseñar poesía es con música, a la que todos acceder y que a todos gusta, las epopeyas se fijaban en la memoria. De hecho la épica fue literatura oral y cantada, fijada luego por escrito, y luego derivada a formas noveladas en prosa. En la actualidad la mayoría de la épica se presenta en prosa, como es el caso de El poema del Mío Cid, el Ramayana, la Canción de Roldán, o la misma Divina Comedia. Ello responde, entre otras consideraciones, a que hoy en día leer poesía no es lo mismo que antes, que el vocabulario y sintaxis no corresponden a los usos actuales, y las traducciones y adaptaciones están más comprometidas con la exactitud que con la didáctica. Sus temas permiten que sean objeto – y a veces botín - del cine y televisión, cosa que hasta al antiépico Joyce le ha pasado. En nuestra cultura inmediatista y visual los jóvenes se familiarizan con la épica más fácilmente a través de las pantallas: Brad Pitt es Aquiles, sin duda alguna, tal como Viggo Mortensen es Aragorn. La épica es así conocida y resulta difundida, lo que se refleja en las ventas de libros. Veo esto como positivo, pues las libertades que suelen tomarse los guionistas y directores de cine terminan por crear obras que aunque llevan el mismo título, en realidad son obras diferentes, con tanto derecho a existir como sus originales procedentes de la Literatura escrita. Cualquiera que haya leído los libros de Harry Potter y visto sus versiones cinematográficas estará de acuerdo. Por supuesto, algunas adaptaciones son buenas y otras una desgracia.

Comparto con mis lectores en esta ocasión tres clásicos de mi gusto: Una epopeya, un Cantar de Gesta y una novela. Quizá después mande algunos otros más, si es eso lo que le gusta a la gente. Puedo jurarle a mis lectores que he leído todos estos libros que comento y comentaré, pues de otra manera no sería honesto. Mi visión es la de un amante de los libros y la lectura, no la de un filólogo ni un profesional de la literatura, y menos aún la de un crítico literario del tipo de Harold Bloom, o de cualquier otro para el caso. Me he reído muchas veces leyendo reseñas de contraportada, que muestran que sólo se han leído las primeras páginas, y a veces sólo el prólogo. Los lectores se merecen respeto, así que hablo desde mi experiencia directa como lector, con sus anécdotas, intenciones, ideas y condicionamientos frente a la obra. Si esto ayuda a alguno a aproximarse a la lectura, pues de eso se trata todo esto.

II
LA ODISEA (Homero)

Esta obra es un referente extraordinario en toda la Literatura universal, una de las grandes obras clásicas de la humanidad. Su origen se hunde en las épocas oscuras del colapso de la civilización micénica, en que la escritura se olvidó en Grecia. Se la empareja con la Ilíada, que surge hacia la misma época y del mismo modo; y a veces con su secuela y copia romana, la Eneida. Si me dan a escoger prefiero la Odisea al frenesí guerrero de la Ilíada, y al testimonio del destino manifiesto del Imperio de Roma en la Eneida. He leído la Ilíada y la Eneida tal vez un par de veces, la Odisea en cambio la releo cada cierto número de años. Supongo que el temperamento y la experiencia vital tienen que ver. Si se es joven y aventurero la Ilíada puede remecer el espíritu con una empresa guerrera de grandes proporciones, mientras que la Eneida puede inspirar una madurez dedicada a la creación de una Nación o Imperio. La Odisea presenta la experiencia vital del retorno al hogar, y ello quizá comprometa más al lector que ya pasó por las experiencia de recuperar, a veces varias veces, los por un tiempo abandonados paisajes geográficos y afectivos. El Volver, como en el tango de Gardel, es una experiencia universal. Quizá no haya escena más emotiva en la obra que la del héroe Odiseo / Ulises recuperando los sabores del queso y del vino de su Isla Ítaca, tantos años olvidados. Es imposible no simpatizar con el dedicado Comandante del barco que trata de llegar a su destino, frente a la irresponsabilidad de sus hombres, con los que como buen capitán está comprometido hasta la muerte. El padre y esposo que extraña el hogar que dejó emplea su astucia y recursos para sortear las dificultades y resolver problemas. De los entreveros de la forma que hoy se hace algo difícil leer, emerge el hombre, imperfecto y complejo como todos nosotros, y uno se identifica con ello. Tal vez ese es el secreto de la Odisea.

De las versiones que se han hecho de la Odisea, me agrada la miniserie, formato televisivo que resultó muy adecuado. La televisión en este caso resultó mejor que el cine, gracias a un guión respetuoso y pleno de claves referidas a la obra. Las excelentes actuaciones de Armand Assante como Odiseo, y Greta Scacchi como Penélope colaboran con ello. Hay escenas disponibles en You Tube para los que quieran verlas, y nada perderán con ello. El formato cine no ha tenido fortuna, tanto por su extensión limitada como por lo difícil de emplear la potente elipsis cinematográfica sobre una obra tan extensa y multiforme. El género aventura, dedicado principalmente al público juvenil, se concentra en anécdotas como la astucia desplegada por Odiseo / Ulises en su enfrentamiento con el cíclope Polifemo, la aventura del Canto de las Sirenas, la bajada al reino de Hades o la batalla contra los pretendientes de Penélope. Se pierde el gran atractivo de la obra: El hombre Odiseo / Ulises. La miniserie de TV permitió presentar las diversas historias combinadas con detalle y precisión, y se concentraron en el protagonista y sus coprotagonistas. Así, la Telemaquia – las aventuras de Telémaco que sale a buscar a su padre que no vuelve – tiene atractivo propio, y se entrelazan con habilidad las tres historias de Telémaco, Penélope y el propio Odiseo / Ulises y sus hombres. La historia es narrada en off cuando es adecuado, siguiendo la estructura narrativa del libro. Una de las frases que recuerdo más es la narración de Odiseo / Ulises, muy bien presentada en la miniserie, del encuentro con el monstruo Escila: “… devorábalos Escila mientras gritaban y me tendían los brazos en aquella lucha horrible. De todo lo que padecí peregrinando por el mar, fue esto lo más lastimoso que vieron mis ojos”. Puede uno imaginarse al curtido Odiseo / Ulises contando esta historia con los ojos brillantes, y las imágenes de la miniserie son realmente dramáticas. La peripecia vital de Odiseo / Ulises inspiró nuevas obras a otros autores como Kavafis y Joyce, y así se sigue conservando eterna para disfrute de los nuevos lectores.

III
EL POEMA DEL MÍO CID (Anónimo)

He tenido suerte con el Mío Cid Rodrigo (O Ruy) Díaz de Vivar, pues fue uno de los primeros libros que leí. La sencilla y fiel versión de Ricardo Baeza fue el vehículo, y me familiarizó incluso con la semibárbara rima asonante del original, aún en prosa. Después lo releí en otras versiones más fieles, como las de Pedro Salinas (en verso, hoy mi preferida), y la de Menéndez Pidal. Además he gozado de la oportunidad de leer el poema en su castellano original en la edición de Alianza Editorial, a cargo de José de Bustos Tovar, que a pocos no filólogos les es dada, y que cayó en mis manos por pura casualidad. Esta lectura fue complicada y difícil de culminar, pues es imprescindible la constante referencia a los estudios y versiones. Debo reconocer que me dio trabajo, aunque lo asumí por la razón más simple de todas, porque me gusta pues. Otros lectores no necesitan seguir este ejemplo, por suerte. El Poema del Mío Cid es un Cantar de Gesta de la Edad Media, producto del duro y secular enfrentamiento entre los sarracenos del califato de Córdova y los reinos de Taifas contra los reinos cristianos en el norte de España, resistentes a la invasión árabe. Narra las peripecias del destierro del Mío Cid (Mi Señor en árabe), “el que en buen hora nació”, “el que en buen hora ciñó espada”, “tan buen vasallo, si tuviera buen señor”, que se busca la vida en los dominios de los árabes de España, combatiendo contra ellos con su banda de fieles compañeros, llegando a apoderarse de Valencia. Su creciente prestigio y sus caballerescas virtudes de lealtad y coraje determinan que a pocos se amiste con su Rey, que sus hijas Doña Elvira y Doña Sol logren ventajosos matrimonios, y que incluso cuando son repudiadas por los cobardes Infantes de Carrión, se le otorgue la posibilidad de derrotar a sus enemigos de la propia Corte castellana por virtud del coraje de sus caballeros. No presenta xenofobia anti-árabe en ninguna parte, reflejando más bien la convivencia de amigos / enemigos entre diferentes grupos culturales. Presenta lo que podríamos llamar una lucha leal entre valientes adversarios que se rompen la crisma entre ellos, y luego se rinden homenaje los unos a los otros. Esto era común en Cantares de Gesta como el Cantar de Roldán y el Oro de los Nibelungos, e incluso en el más temprano Poema de Beowulf, aunque las diferencias son también patentes. El realismo del Poema del Cid es casi contemporáneo, no vemos en él los Cien mil guerreros musulmanes enfilados contra Roldán, o los veinte mil guerreros que mueren en un salón enfrentando a tres héroes en los Nibelungos. El Cid es un héroe, pero parafraseando a Cervantes cuando se burla de las novelas de caballería hablando del Tirante El Blanco, es un héroe que come, duerme, muere y hace testamento como buen cristiano. No hay magias ni hechicerías ni fantasías ni nada más que coraje y valor, lo que lo diferencia de los pases mágicos que tanto abundan en las literaturas del norte de Europa. El Cid es un hombre en toda la española extensión de la palabra, rodeado de simpáticos héroes menores, como el tartamudo Pero Bermúdez y el poco ético Martín Antolínez, burgalés de pro. Es jefe de mesnadas, comandante de huestes, a los que puede decir: “Más vale que les ganemos, que ellos nos quiten el pan”. Salvando las distancias, mismo grupo de barrio.

Como ha ocurrido con la Odisea, el Poema del Cid ha sido referido hasta el extremo. Nada mal para una obra de 800 años de edad. Como la Odisea, pasa la prueba del tiempo, aunque limitada al mundo cultural en español y otras romances. Los hechos del Cid impresionan a los poetas castellanos y de otras latitudes, en especial los franceses. Rubén Darío importa de Francia la historia del leproso al que El Cid no puede dar limosna porque él mismo carece de todo: “Hermano / te ofrezco la desnuda limosna de mi mano / dice el Cid; y quitando su férreo guante, extiende / la diestra al miserable, que llora y que comprende ”, en tanto que Manuel Machado lo describe en “Por la terrible estepa castellana / al destierro, con doce de los suyos / -polvo, sudor y hierro – el Cid cabalga”. Miguel Hernández, poeta de la guerrera España Republicana, invoca al Cid para inspirar a la juventud a combatir la inminente batalla. Le encontramos en Federico García Lorca, Rafael Alberti, Jorge Guillén, Gerardo Diego y quien sabe cuántos más. El Cid es resumen de todo lo que un castellano debe ser: Valiente, leal a su Rey, buen cristiano, astuto pero moral. Qué bueno que la distancia idiomática haya resultado en versiones contemporáneas del Poema del Cid que aproximan el paradigma a las nuevas generaciones. Hay pocas versiones visuales, y las que hay son en su mayoría antiguas y dependientes del viejo Hollywood - sueños para ganar plata -, cuyo interés en la veracidad de la historia era mínimo. La versión más conocida tiene como atractivo la buena actuación de Charlton Heston como Rodrigo Díaz de Vivar, y a Sofía Loren como Doña Jimena.

IV
EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA 
(Miguel de Cervantes Saavedra)

¿Qué puedo decir de esta obra que no se haya dicho ya, y por boca de lo mejor que la cultura universal ha producido? No trataré de emular lo que ya se ha hecho bien, pero trataré de decir mi palabra. El Ingenioso Hidalgo… es uno de los libros más citados y menos leídos en la actualidad. Una lástima, porque es realmente ma-ra-vi-llo-so, sin atenuantes. Perdónenme mis lectores el intransferible entusiasmo. Como dice Rubén Darío, en El Ingenioso Hidalgo… están “la vida y la naturaleza”. Pero su lenguaje conspira contra su popularidad, aunque no es que sea complicado en extremo. Su enrevesamiento no es por tratar de traducirlo bien, como en la Odisea. La lengua original del Ingenioso Hidalgo es el español, el que contribuyó a fijar, y se supone que no anda tan lejos de nosotros, por lo menos no tanto que no se pueda leer. Pero lo cierto es que no se le lee, y no se le lee porque nuestros jóvenes lectores de hoy en día no consiguen decodificarlo en el nivel de los períodos oracionales. En mi experiencia con jóvenes requeridos de entender algo de esta obra por el Plan Lector lo que los pasma es el castellano del Siglo XVI. Mi estrategia es leérsela en voz alta, decodificando por ellos, recuperando la vieja y maravillosa tradición castellana de la lectura en voz alta. No sé qué pasa con la enseñanza actual de la lecto-escritura, pero la lectura en tiempo real se les hace compleja a los alumnos. Pareciera que cuando tratamos con las micro-operaciones a nivel de palabras y de enhebrar oraciones nos las vemos bien cuando la sintaxis es sencilla, pero basta una sintaxis oracional un poco complicada para que el chico abandone el intento, y eso significa que tenemos que reformular el trato del nivel de dificultad de nuestros textos. Me molesta cuando veo que los chicos se pierden historias extraordinarias por no poder decodificar la sintaxis.

La lectura es una operación lineal en dos fases que corren en paralelo: Decodificación y Comprensión. El procesamiento de impresiones sucesivas va armando una imagen mental, y eso implica decodificar. Así vamos simultáneamente comprendiendo, y eso es que vamos prediciendo el significado del texto que viene haciéndose a medida que se lee, construyendo su significado a partir de nosotros mismos. No hay nada más personal que la Lectura, y nadie puede hacerla por uno. Pero implica habilidades que no son las que privilegia nuestra cultura visual contemporánea, que presenta contenidos totales cuya expresión más acabada es la pantalla del cine, la TV, la computadora, el celular. Ese lenguaje y su lectura implican un conjunto de operaciones diferente a la de la lectura, es una alfabetización completamente diferente e igualmente importante, y a la que se cree enfrentada con la Lectura. Craso error, pues en el cerebro humano son complementarias, y poseer ambas es como hablar dos idiomas y tener acceso a dos mundos. Me gusta Cervantes, pero Shakespeare no es menos genial, y bien por la Literatura en varios idiomas. Pasa igual con los diversos registros semióticos. Volviendo a El Ingenioso Hidalgo…, este tiene el mismo problema que la Odisea, es demasiado amplia en sus significaciones, y el Cine no lo puede expresar completo. La ópera, el ballet, el cómic, las artes plásticas y otras expresiones artísticas lo han intentado, y han logrado crear OTRAS grandes obras diferentes en su lenguaje adaptando su historia; y esta nueva historia da la casualidad que tiene el mismo título. El problema de disfrutar El Ingenioso Hidalgo… es que es algo así como comer caviar. Si no tienes el paladar educado, sólo te sabe a salado, y no lo aprecias, y de repente ni lo pruebas otra vez. De las versiones en pantalla que he visto, ninguna me ha convencido, excepto una española que estaba en algo, pero que tenía el defecto de no durar cuatrocientos capítulos.

Colofón

Dejo acá esta Crónica, y procuraré continuar con ella cada Sábado o cada vez que pueda, lo que ocurra primero. Con ellas trato de resolver mi necesidad personal de hablar de libros y lectura, y de paso trato de hacerlo de manera que pueda contribuir a fomentar la Lectura. Y así lo dejo, diciendo: Lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. No te arrepentirás.


CRÓNICAS DE LECTURAS - Cuatro

Mis primeras Lecturas

I
Lectura enciclopédica y por qué no hacerla

Ya conté cómo aprendí a leer, aburriendo hasta la muerte a mis pacientes lectores. No trato de ser prescriptivo, sin embargo. Me limito a presentar algunos recuerdos personales, recordar mi proceso puede reflejar lo que pasa o deja de pasar en las familias en este tema. Como sabemos, si no practicamos la lectura se nos olvida la habilidad de leer. No hace mucho volví a retomar la bicicleta. Es broma común decir que montar bicicleta es como el sexo, y que en realidad nunca se olvida uno cómo se hace, o cuando menos cómo era. Pero eso no es tan cierto, cuando menos en lo que concierne a la bicicleta. Mi anécdota sobre cómo aprendí a leer a los tres años, supuestamente presenta cierto interés, pero la cosa hubiera quedado ahí como gracia de parvulito recién llegado. Podría no haber seguido leyendo, y ahí quedaba la promesa, yo sería un analfabeto funcional más. Me habría perdido de mucho, pero no lo sabría y no me haría falta, no añadiría o quitaría un ápice a mi felicidad o desgracia. Pero la anécdota trajo cola. Entre aquellas cosas que a uno lo definen está la visión que la familia tiene de uno. Y los míos parece me veían como un lector superdotado, y así me trataron. Así, como en la iniciación heroica, marcaron mi destino. Mi padre, ni muy parecido ni muy diferente a todos los padres del universo, pensó probablemente que valía la pena gastar unos cobres en tener libros en casa, dado que el muchacho de miércoles se leía hasta las instrucciones para el uso del papel higiénico, así que mejoró la calidad de mis lecturas poniendo a mi alcance algunos libros, entre ellos las enciclopedias, muy de moda en esa época pre-cibernética. Y todo esto que voy a contar me ocurrió antes de cumplir diez años de edad.

Creo que la moda de las enciclopedias empezó unos siglos ha, con la Enciclopedia Británica y la de los franceses que precipitó la Revolución Francesa, que desde entonces produjo en las clases dominantes cierta incomodidad frente a la posibilidad que la indiada de cualquier color se eduque. En mi caso, parece que estaba bien aprestado, y como a todos los chicos me atraían las ilustraciones y figuritas. Desde el principio me gustaron las enciclopedias, porque tenían muchas fotos y figuras. Mucho después encontré que al lado de las fotos y figuras había letras, oraciones y párrafos. No recuerdo ni cómo ni cuándo empecé a decodificar, parece haber sido aplicación espontánea de lo que aprendía en el Nido. La curiosidad por las letritas vino asociada al vacilón de los dibujitos, y la creciente sensación de dominio del texto llegó a través de la lectura de los textos tal y como me llegaban. Nadie trató de adaptar nada, a lo más trataron de exponerme a la letra escrita. Parece que la Enciclopedia Barsa, muy popular entonces, estaba razonablemente bien redactada, sin dificultades especiales, y por ende la exposición a una correcta sintaxis y vocabulario produjo un dominio espontáneo de la lengua castellana. Hay asociados ciertos rudimentos de metacognición: La gracia de que las enciclopedias empiecen por la A, y sigan el alfabeto hasta la Z, me intrigaba y me sugería una totalidad cuya comprensión se me escapaba, pero que intuía. Te das cuenta que leerte todo no es posible, te enteras que existe eso de los “libros de consulta”, complementado con un Diccionario que conservo y uso, y además un Tomo de Referencias. En todo caso, era rico eso de encontrar lo que uno quisiera buscándolo con la letra de principio. El alfabeto se te transforma sin querer queriendo en una “Base de Datos” digital, concepto de moda varios decenios después. Traté también la aproximación analógica, es decir empezar por la primera página y terminar en la última, y menos mal fracasé antes de terminar la “A”. Me fascinaba eso de que en una Enciclopedia esté compendiado absolutamente TODO, no me gustó descubrir que todo el conocimiento no estaba en la enciclopedia de mi casa. Fue frustrante, y a la vez esclarecedor. Si eres una enciclopedia ambulante te vuelves un mocoso pedante y un provinciano intelectual, aparte del insoportable del barrio e inmarcesible portador de chapas (apodos). En aquellas épocas se apreciaba la memoria repetitiva, y, dígolo para mi vergüenza, la poseía magnífica. Como en estos tiempos de Wikipedia y enciclopedias on-line las impresas son tan útiles como los pies para un pez, esta aproximación “enciclopédica”, funcional entonces, posee poca validez hoy en día, y la desaconsejo absolutamente.  

II
Contra las “Adaptaciones” y sobre el plagio

Me encantaría acordarme de los datos bibliográficos de una vieja y maravillosa colección que me habita aún hoy. La he visto contadas veces en otras partes que no fueran mi casa, no parece haber estado muy difundida. Se llamaba Mi Libro Encantado, y presentaba un conjunto de narrativas y textos en unos ocho o nueve tomos ordenados por las diversas etapas de la niñez. El primer tomo estaba dedicado a las mamás y se centraba en los cuidados a los bebés, y lo paso por alto. Del Tomo 2 en adelante se planteaba presentar y fomentar diversos valores a través de textos de diversas procedencias y géneros - líricos, narrativos, épicos, en prosa y verso. La extensión de los textos estaba cuidadosamente planeada, eran extractos de obras de literatos y autores universales y argentinos, entrelazadas y puntuadas con versos, canciones y poemas. La dificultad sintáctica y la extensión de los textos estaban bien diseñadas, y todo procedía de autores originales. Los editores, con criterio digno de ser imitado, estructuraron los extractos en unidades muy cortas, que tomo a tomo aumentaban su extensión y su dificultad semántica y sintáctica, dentro de una franja interesante, pues no necesitabas leértelo todo para disfrutarlo, que ese era el objetivo. Se fiaban de la genialidad de Víctor Hugo, los Hermanos Grimm o Almafuerte, y no trataban de enmendarles la plana. He estado mirando las “adaptaciones” que hacen ciertas editoriales hoy en día y distingo la petulancia sin nombre que significa enmendarle la plana a Borges, Tolstoi o José Martí. Estos “adaptadores” destruyen la obra de arte tratando a los niños y jóvenes como conceptuales tacitas de porcelana que se romperán si se los somete, oh crueldad infinita, a los textos originales. No jorobes, hombre. No necesitas “adaptar” lo que ya está bien hecho. Lo que tienes que hacer es presentarlo. En esta enciclopedia las unidades de sentido tenían creciente extensión y dosificación, y del original. Se facilita así extraordinariamente la lectura “digital”, la búsqueda de los padres y de los propios niños de lo que realmente quieren leer, desde una oferta amplia y variada. Doy fe que poemas como Los Caballos de los Conquistadores de Chocano, u otros de García Lorca, Víctor Hugo o Juan Ramón Jiménez ni estaban adaptados ni lo necesitaban. Con la prosa era igual, y como la función hace al órgano, acostumbras a los mocosos a leer directamente el original, y ya no necesitas “adaptaciones”. La única manera en que se podría aceptar “adaptar”, es cuando “cuentas” oralmente el texto, es decir en el cambio de lo escrito en oral, que implica cambio de registro lingüístico. De otra manera “adaptar” se convierte en una muleta, útil solamente para enriquecer a ciertas editoriales, pues no le encuentro ninguna, pero ninguna utilidad remedial. Volviendo a Mi Libro Encantado, su tipografía era variada, si bien tradicional, lo que entonces había. Hoy se hacen cosas maravillosas con la tipografía, que no estaban entonces al alcance de las imprentas. Pero este “tradicionalismo” se compensaba con ventaja con magníficas imágenes. De hecho, cuando la evoco vienen a mi mente esas imágenes, en particular la de San Francisco de Asís hablando con el terrible lobo de Gubbia, que ilustraba el bello poema Los Motivos del Lobo, de Rubén Darío, el que estaba completamente extractado, originalísimo por supuesto. Repito de memoria: El varón que tiene / alma de querube, lengua celestial / el mínimo y dulce Francisco de Asís / está con un rudo y torvo animal...

Particularmente interesante me resultaron los tomos Héroes y Santos; El Mar y la Aventura; Grandes Hombres, grandes hazañas; En Alto la bandera y así en adelante. Si de formación en valores se trata, y si éstos pueden fomentarse en base a ejemplos, estos textos son exitosos. Encontrabas desde las leyendas o historias de San Cristóbal y San Francisco de Asís hasta las de los héroes de las guerras de Independencia de España e Hispanoamérica, de autores como Benito Pérez Galdós, Perú de Lacroix o Leopoldo Lugones. Hace muchos años que no tengo esta colección, pero su evocación es en extremo notable, y puedo citar de memoria muchos pasajes. Los textos sobre científicos y descubridores me familiarizaron con las epopeyas de los descubrimientos geográficos y la terca búsqueda de los hombres de ciencia. De entre los diversos relatos que me impresionaron, dos me quedaron en la mente hasta hoy con pelos y señales. Uno es la sabrosa historia de Johann Kepler y su mujer, sobre el problema de la Armonía del Universo, salvada gracias a la deliciosa ensalada preparada por la Señora Kepler. Esta historia caló hondo, e inspiró mi primer ataque a la literatura hasta el extremo del plagio, pero a los siete años el plagio es casi una virtud. Nadie se imaginaba que yo pudiera escribir “tan bonito”, pero yo sabía que era una copia y que “ellos” no conocían el texto plagiado. La otra lectura relata la Expedición de 1911 al Polo Sur de Scott y sus cinco compañeros, en la que dejaron la vida. Usaba como fuente las cartas de Scott halladas con su cadáver. Esta fracasada expedición - el noruego Amundsen les ganó por un mes -, y todas las sensaciones, emociones e ideas que despertaba el aparentemente inútil sacrificio de vidas humanas obligaba a la reflexión y valoración. Era historia real, así la asumí, y aún hoy me estremece.

III
Julio Verne y lo que es “adecuado”

Había más libros en casa para sus diferentes usuarios, es decir mi padre, yo y mi recién llegado hermano menor, que heredó todas mis lecturas con resultados diferentes, ni mejores ni peores. Entre los aciertos de mi Señor Padre estuvo la adquisición de las Obras Completas de Julio Verne, de la Editorial Plaza & Janés, las que me comí con zapatos, calcetines y demás prendas. Están frente a mí cuando escribo estas líneas, junto con un par de sesudos estudios sobre la obra del autor. Al revés de lo que piensa la mayoría de las personas, los niños no son estúpidos. Ni tampoco Verne es “autor menor” por escribir para niños y jóvenes. A veces el esquematismo psicológico de sus personajes es atroz. Pero más esquemático es Salgari, y era tan popular como Verne. La reflexión que me hago ahora tiene que ver con lo que es adecuado y lo que no lo es. El hecho que Verne esté tan adaptado en las pantallas cinematográficas y televisivas indica que sus temas son muy rendidores, en especial los de su serie Viajes Extraordinarios. De hecho hay versiones, variantes y recontravariantes, pues es de los guionistas su chamba. Incluso hay en cartelera en estos precisos días una versión de Viaje el Centro de la Tierra. Pero si uno conoce a Verne se percata que hay contenidos que “no son adecuados”. Y aquí un problema. Como la quisicosa esa que dice “Chompa.- prenda que las mamás le ponen a sus hijos cuando ellas tienen frío”, algunos padres permiten o censuran ciertos libros. No dudo de que los padres tienen la responsabilidad, y la responsabilidad sin autoridad no existe. Pero estimados papis y mamis, no tapemos el sol con un dedo. Los niños acceden a la televisión y a los juegos de video sin anestesia, y aún programas tan aparentemente innocuos como Angelina Ballerina o los Backyardigans poseen cargas que podríamos considerar “peligrosas” o “inadecuadas”, no digamos el asesinato organizado de ciertos juegos de video. Repito una vez más: Los niños no son estúpidos, saben mucho, mucho más de lo que creemos, y ni siquiera resulta conveniente tratar de “censurar”. Verne, como muchos otros autores, es un mundo tan completo en sí mismo que te arrebata y te entregas. Si eres niño, te convence y te la crees. Si tú, papi, no has leído lo que tu hijo lee, tu hijo se da cuenta y le pasan dos cosas: Por una parte atrapa autonomía intelectual personal, por otra empieza a percatarse que tú no lo sabes todo. Así que es hora que si no lo haces, empieces a leer lo que tu hijo lee, papi. Y cuando lo hagas, habla con él sobre lo que está leyendo. Labor de los papis es introducir a sus hijos al mundo, y eso se hace sobre base cotidiana. A la manera de Vygotski, es mejor si estás tú para guiar el texto. Si no, puede ocurrir que tu hijo crea – me pasó a mí – que el Nautilus llegó al Polo Sur por aguas libres, por ejemplo. O que la venganza – guía del Capitán Nemo – es un sentimiento positivo.        

Como pasa en toda la Literatura, los autores escriben inevitablemente desde su carga personal, y Verne tiene harta. Compartía el antisemitismo francés del Siglo XIX, patente en sus personajes judíos, pero a Shakespeare le pasaba lo mismo y no es menos genial. Julio Verne pretendía explícitamente influir en la juventud – se observa este hecho en los autores europeos de la época como Salgari, D´Amici, y otros clásicos como Grimm y Perrault. Por ello algunos personajes vernianos son de antología e inspiran sagas, variantes y continuaciones para Cine y Televisión. Los protagonistas vernianos ejecutan hazañas y epopeyas: El Capitán Nemo el más importante, de hecho. Pero también son esenciales a sus respectivas tramas el Ingeniero Ciro Smith; el correo del Zar Miguel Strogoff; el Capitán de Quince Años Dick Sand; los viajeros lunares Barbicane, Nicholls y Michel Ardan; Phileas Fogg y su fámulo Passepartout; el Capitán Hatteras; el Profesor Liddenbrock; los hijos del Capitán Grant; e incluso el indio peruano Martín Paz. Nadie más podía hacer lo que ellos hacían. Los matices ético-morales son esquemáticos, los buenos son buenos y los malos, malos desde el principio hasta el mismísimo final. Hay excepciones, como la de Ayrton en Los Hijos del Capitán Grant y La Isla Misteriosa, pero la principal es el Capitán Nemo, que Verne presenta misterioso y torturado en 20.000 Leguas de Viaje Submarino, para descubrirlo humano en La Isla Misteriosa. De seguro los estereotipos de los valores de la Ciencia, el Trabajo, la Libertad y la Independencia en los que Verne creía, son el motivo por los que se le ve como un Clásico para Niños y Jóvenes. Los héroes vernianos adultos luchan por conocer y domar la Naturaleza al servicio de la Humanidad. Dirigen así la Iniciación Heroica de los jóvenes héroes vernianos. En el fondo del mar en 20.000 leguas … hay los tesoros que el Capitán Nemo usa para financiar revoluciones, el refugio del guerrero desilusionado y la iniciación de Pierre Aronnax; el Polo Norte en Aventuras del Capitán Hatteras es imán del orgullo nacional británico; la expedición en Viaje al Centro de la Tierra es investigación geológica, iniciación heroica de Hans y resolución del acertijo de un alquimista; Fergusson y Kennedy en el África de Cinco Semanas en Globo son descubridores y civilizadores; llegar al espacio interior en De la Tierra a la Luna es el objetivo de los norteamericanos, y también equivalente moral de la guerra; en Los Hijos del Capitán Grant el aristócrata Glenarvan usa su fortuna para reunir a los huérfanos Grant con su padre, y a la vez es inicio heroico del joven Robert. A mi modo de ver con acierto, las versiones modernas corrigen los estereotipos de los personajes y las inocencias de la trama, dándole actualidad a las viejas historias, conservando lo esencial: la iniciación heroica. Claro que a veces se les pasa la mano, pero no creo a Verne le hubiera importado mucho. Me parece que ciertas adaptaciones a la pantalla – en especial las que no pretenden ser exactas – resultan muy adecuadas para presentar hoy la temática verniana.    

IV
Más libros, y las lecturas sin supervisión

Entre otros libros que leía en mi niñez, destacaban algunos como la Enciclopedia Cumbre de la Editorial Jackson, que aún conservo, que registraba en lenguaje sencillo y con profusión de fotografías, los hechos curiosos y las costumbres de una época ya en retirada, justo antes de que el fin de la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y el principio de la Globalización empezaran a homogenizarlo todo. Aprendí que la especie humana era heterogénea, y capté avant-la-lettre eso de la interculturalidad. Por cierto, desde mi escritorio puedo ver la Cumbre, que conservo por razones puramente sentimentales. Sus fotos en blanco y negro y color atestiguan la diversidad de la especie humana, que empecé a entender poblada de todas clases de gentes. Junto a Barsa y Mi Libro Encantado, estos libros influyeron mucho en mi visión del mundo. De esta etapa data también mi encuentro con un conjunto de deliciosos libritos, de Richmal Crompton, que después hallé completa en la Librería Studium del centro de Lima - hoy cerrada - referidos a un niño inglés de nombre Guillermo en los 1930, que narraba en clave humorística muy británica sus aventuras y choques con el mundo de los adultos. Recuerdo en particular Guillermo el Genial y Guillermo y los Mellizos. Así encontré el Humor Literario, aunque al principio mucho no la agarraba, pero para eso son las relecturas. Esta colección debe haber sido una de las que más he releído, precisamente por su Humor. También a esta época corresponde mi encuentro con la literatura nacional a través de las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma, que también me atraparon por el Humor, en nuestro propio y nacional sentido. Aún hoy día trato de conservar de la mejor manera posible un par de docenas de Tomos de la vetusta Enciclopedia Espasa, editados hace más de cien años, que conservo por razones sentimentales, porque como consulta mucho no eran, y hoy menos aún son. Este intento español de producir una Enciclopedia análoga a la Británica dio por resultado una acumulación de datos sin parangón alguno en idioma español, sólo la Espasa puede de algún modo compararse a la web hoy en día. Sigo. Salgari, después de Verne, no me impresionó, la verdad. Sí lo hicieron, y mucho, Las Minas del Rey Salomón y La Isla del Tesoro, de Rider Haggard y Robert Louis Stevenson, respectivamente. De entre las muchas versiones en cine, de mérito desigual, recuerdo la muy jocosa de La Isla… protagonizada por  Abbott y Costello. No olvidamos los cómics o chistes, pero eso será materia de otra Crónica. Y para culminar este párrafo, antes de cumplir los diez años mi tío Lucho me obsequió tres libritos de la Editorial San Marcos que me marcaron inmensamente pues me hicieron descubrir dos cosas extraordinarias: El Teatro y a William Shakespeare. Y qué obras: Hamlet, Macbeth, y El Mercader de Venecia.  Desde entonces Will y yo somos patas del alma, aunque la verdad a Hamlet no la capté mucho, más me gustaron las otras. Mucho le debo a mi tío Lucho, descansen en paz sus nada santos huesos, pues no solamente me metió a Shakespeare por los ojos, sino también me enseñó a jugar al Ajedrez y cada cierto tiempo me regalaba libros fuera del main-stream. Así, creo, me entró el bicho de lo contestatario. Suele pasar así.

Concedámosle espacio a las lecturas “no calculadas”, es decir a los libros y otros textos que  leí sin que estuvieran en modo alguno pensadas para mí, o por lo menos con algún tipo de supervisión adulta. De hecho en mi casa esa supervisión brillaba por su ausencia. Si mis viejos hubieran sabido lo que leía el mocoso, se les hubieran parado los pelos. Los mayores compraban para sí novelas de temática adulta, best-sellers, algunos bien escritos, y los ponían con los demás libros. Así que este pechito se los enchufaba a velocidad de Grand Prix. Así leí a Upton Sinclair y su serie sobre Lanny Budd, a Harold Robbins, de descarnada narrativa; a Janet Taylor Caldwell, autora muy vaporosa aunque interesante, e incluso libros de cruda temática sexual o cultural, que entraron en mi novel mente antes de cumplir los diez años, con efectos más o menos catastróficos. La verdad, muchas de estas lecturas no eran adecuadas. Pueden constituirse en factor de “sobre-adaptación”, y aunque proporcionan claves para la comprensión de los conflictos de los adultos que repercuten en los niños y jóvenes, no deberían abordarse sin supervisión parental cercana. Yo sé lo que me costó entender, como dice Marguerite Yourcenar, que la vida no está sólo en la palabra escrita, pues no cabe entera. Entre otras lecturas “por fuera” que un ávido jovencito lector abordaba estaban las revistas de tipo Vanidades, Buenhogar y Cosmopolitan, leídas por mi madre, tías y demás féminas de la familia. Las llevaba a mi dormitorio a escondidas, y las devolvía a su lugar con la debida rapidez, antes que se echaran en falta. Si me hubieran confrontado entonces con el hecho no lo hubiera confesado ni sometido a tortura con caballos salvajes, no parecía muy varonil eso de leer revistas femeninas, aunque en verdad eso no me preocupaba. Me llamaba oscuramente la atención ese otro lado de la especie humana, así que seguro trataba de enterarme así qué pensaban y sentían esas extrañas criaturas del Señor. Leí así a Corín Tellado, que la verdad no me impresionó nada. Ciertos artículos me llamaban la atención, otros me dejaban frío. Era lectura descartable, si no había nada más interesante a mano. Todo eso lo leía a espaldas de la familia, y tenía el sabor de lo prohibido. Fueron las primeras veces que leí sobre sexo como actos que las personas realizaban. Debo decir que estas lecturas sin guía me indujeron a muchas preguntas, pero también a grandes confusiones. Fue interesante, por supuesto, pero nada conveniente. Supongo que eso es discutible.

Colofón

Hasta aquí la Crónica. No estoy cumpliendo mucho con mi propia promesa de disparar una cada Sábado, pero es que la verdad no es tan fácil como creí en un principio. Pero si fuera fácil seguro no valdría mucho. Trato de mostrar un proceso, una pasión, incluso una obsesión, y trato de hacerlo de manera que pueda contribuir a fomentar la Lectura. Y es así que lo dejo así, y termino como siempre: Lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. No te arrepentirás, brother.


CRÓNICAS DE LECTURAS - Cinco
Humorismo
I
Qué es eso del Humorismo

No, mis queridos lectores, no hablo de libros de chistes ni de recopilaciones de cuentos verdes, colorados o de cualquier color. Hablo de Humorismo, de libros humorísticos. La palabreja llama la atención. A primera vista me sugería la palabra “Humo”, como en “cortina de humo”, así que hice mi tarea y me fijé en algunas cosas. La Real Academia empieza por acá: Humor o humorismo (del latín: humor, -ōris), definido como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad, resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. ( Diccionario de la lengua española, 22da edición, Real Academia Española, 2001). La Retórica es más profunda en su estudio, y lo entiende como un procedimiento literario para causar el disfrute, catarsis o alivio. De este modo puede entenderse el humor como “la risa a través de las lágrimas”, o como “reír para no llorar”. Podríamos decirlo en nuestras palabras más o menos así: El Humorismo es una de las formas, tal vez la principal, en la que exorcizamos la experiencia de lo Horrible, de lo “real-horroroso” que dice mi amigo Rafael Moreno Casarrubios. Para cualquier persona con algo de experiencia en este Valle de Lágrimas,  la vida es un asco, atroz, llena de penalidades e indigna de vivirse. La Biblia la señala como un servicio militar sobre la Tierra, como una vanidad sobre toda vanidad, desde que nada obtiene el hombre de sus trabajos bajo el Sol. Shakespeare, que algo sabía sobre todo esto, la describe como “un cuento contado por un idiota, pleno de sonido y de furia, que nada significa”. Digamos que vivir es en general una carga penosa y desagradable, como atestiguan los muchos pobres diablos que abrumados por ella no consiguen atravesarla sin salir por la puerta falsa, confirmada por esa ridícula necesidad que tenemos de recordarnos artificiosamente lo hermosa y bella que es. A mí me sacan de quicio esos constantes envíos y cadenas por Internet que le otorgan a la Vida una belleza y dignidad que jamás ha poseído. Nos ponen escenas lindas, de acuerdo, y eso también es, pero siempre olvidan ponernos el Otro Lado: Hospitales de enfermos terminales, campos de concentración, fosas comunes y todo ese largo despliegue de males que asolan a la humanidad, y de los que todos somos responsables. Empero, no tengo nada contra las escenas bonitas, pero la Vida no es sólo eso. De la Vida no saldremos sino con la cara seria y los pies por delante, y por ende cualquier dulzura o gusto que le tengamos asociada siempre poseerá ese anticlímax: Estamos de pasada y nos vamos a ir indefectiblemente. Unos más tarde, otros más temprano, nuestra última parada es en el Panteón, y en menú para gusanos nos convertiremos, que no nos quede la menor duda. Pero es muy cierto también que tiene algo de idiota y de cobarde lamentarse por lo que no tiene remedio, y aunque cualquier persona debe reflexionar sobre todo esto y tener alguna posición, aquiescencia o aceptación frente a la Gran Enemiga, tampoco es cosa de hacerse figuritas la cotidianidad, que si hay Muerte es porque hay Vida. Igual, hagamos lo que hagamos a la fosa nos vamos, y cualquier persona con algo de sensibilidad e inteligencia hará del trayecto algo lo más largo, variado, agradable e interesante posible. Pero que estamos en ese tira y afloja, estamos, así que en medio de cada felicidad, más en el fondo o más en la superficie, asomará siempre aquella que Las Mil y Una Noches denomina como destructora de los goces, pobladora de cementerios, que deshace todas las reuniones. El Humorismo, es, pues, algo que nos hace más agradable la Vida y sus circunstancias, o por lo menos nos la hace soportable.

No es entonces el Humorismo cosa deleznable. Desde el chiste más chabacano hasta la obra más elaborada, el Humor cumple una función vital. Y si el Humor es realmente bueno nos moviliza mucho más hacia nosotros mismos. Reír es algo propio de nuestra especie, en todo el reino animal sólo reímos los seres humanos y nuestros primos antropoides. Los etólogos han descubierto importantes asociaciones entre el rictus de la boca y el mostrar los dientes con los comportamientos de disociación de lo absurdo, de lo inexplicable, de lo penoso. ¿Nunca nos ha pasado que en un entierro sonreímos más de lo normal? ¿Nunca hemos pasado por la “risa nerviosa” o “histérica”?  El Humor nos disocia de lo “real-horroroso”, pero a la vez nos remite a distanciarnos, a hacernos ver desde otras perspectivas los hechos miserables o desgraciados, y a los que las viven. La cosa es más profunda de lo que parece, y por ello tipos de la talla de Schopenhauer, Nietzsche, Aristóteles, Henri Bergson y Sigmund Freud la trataron a profundidad. Escapa a las intenciones de esta Crónica, en cualquier caso, profundizar en exceso.  Podemos decir que existe un Humor chabacano, físico, que parece se inició con la cara que puso Trucutrú el Neandertal cuando le cayó en el pie la piedra que estaba tallando, y los demás miembros de la tribu se partieron de risa. Hay muchas formas de Humor, y muchos humoristas plasmaron esto en sus libros. El Humorismo puede ser evidente o irónico; visual o conceptual; ligero o profundo; verde, rojo, blanco, negro; sublime o rastrero. Sus recursos son extensísimos. Y siempre hay un texto tras todo Humorismo, sea éste un Guión, un Libro o simplemente ideas en una cabeza. Incluso el Stand-Up y el novísimo arte de la Impro se basan en textos que se van creando conforme se lleva a cabo el acto. Pasemos por alto el humorismo visual y sus geniales exponentes Charles Chaplin, Buster Keaton, Mack Sennet, Jerry Louis, Totó o Louis De Funes; y también a los colectivos como Bocca, Monty Python o Les Luthiers. Tratemos de centrarnos en el Humorismo Escrito.

II
Don Camilo o Un Mundo Pequeño (Giovanni Guareschi)

El Humor Británico de Richmal Crompton en su serie sobre Guillermo había formado mi gusto por el humor literario, como narré en otra Crónica. Había leído casi todos esos libros, y así empecé a comprender el Humor y sus variantes. No pretendo haber terminado de comprender el Humor, es trabajo de toda una vida el hacerlo, pero es un trabajo que puede llegar a hacernos mucha gracia. Otros encontronazos con el Humor me llegaron repartidos en diversas obras que combinaban el Humor con el Drama. Es decir, no eran obras de intención  humorística, pero hacían uso del humor para salir de la solemnidad. En La Odisea, Homero presenta una situación que debe haber hecho reír mucho a griegos y romanos; la de Hefesto haciendo el papel de cornudo, al atrapar con artes mágicas a Afrodita y a Ares ahí, precisamente ahí, y presentándolos a la Asamblea de los Dioses así, precisamente así, con la consecuencia de que los Dioses se burlen de su ingenuidad. La épica de Ulises podía resultar muy pesada, y los aedos, supongo, recuperaban la atención de sus adormilados oyentes con cuentos grotescos como el reseñado. Se instala la Comedia en medio de la Tragedia. A Homero se le atribuye también la invención de la Parodia en la Batracomiomiaquia. Procuremos no astillarnos los dientes al tratar de pronunciar el nombrecito. Es parodia humorística de La Ilíada, e imagino que a los atenienses les hizo mucha gracia escuchar de ranas y ratones dándose de porrazos, lanzazos y mandobles como si fueran Aquiles, Héctor, Áyax o Menelao. El primer humor negro al que tuve contacto fue el de Daniel De Foe y la versión completa de los Viajes de Gulliver. Esta obra era crítica acerba de la sociedad británica del Siglo XVIII, y a la franca no entiendo porque hoy se hace para niños en versiones que suprimen alrededor de un 60 % - viajes a Laputa y Houynhm - y trivializan los Viajes a Liliput y Brondignag. Posee, poir cierto, versión en miniserie de TV de enorme calidad, protagonizada por Christopher Lambert, que conserva el sentido crítico original, aunque a costa del Humor. Sin embargo considero que la primera gran obra humorística que leí fue la serie de Giovanni Guareschi dedicada al Cura Don Camilo y al Comunista Peppone. Mucho escribió Guareschi sobre este personaje, pero en vida solo publicó tres: Don Camilo (Un mundo pequeño), El Regreso de Don Camilo, y El Compañero Don Camilo. No es difícil entender por qué la mayor parte de su obra se publicó póstumamente. Don Camilo (Un mundo pequeño) es sin duda la mejor, y las otras dos mantienen la misma calidad narrativa y originalidad argumental, en tanto que en las póstumas se repiten ciertas situaciones de manera más o menos estereotipada. Dado que los muertos no hablan, las obras póstumas se publican por deseo de los editores o los herederos, a fin de explotar la fama del desaparecido autor y hacer plata fácil, y se basan en textos que el autor dejó inconcluso o que no le satisfacían. Hay excepciones, pero la norma es que otras manos – los llamados escritores negros – metan la cuchara por encargo, y “completen” lo inconcluso. No sé, a mí me da la sensación que sería como contratar a Mick Jagger para que termine la “Sinfonía Inconclusa” de Mendelhssohn. Hoy sabemos que varias obras atribuidas a Julio Verne publicadas tras su muerte fueron refundidas y terminadas por su hijo Michel. Christopher Tolkien, hijo del autor de  El Señor de los Anillos, aprovecha de las películas de Peter Jackson, y publica anotaciones y esquicios de su padre. Es difícil juzgar si estas obras póstumas corresponden en verdad a su autor, y es previsible que no tengan la misma calidad que las publicadas en vida y bajo su propio cuidado.

Giovannino (Juanito) Guareschi fue católico y anticomunista militante, e intervino en política como monarquista primero y luego como demócrata cristiano, lo que se distingue en su obra. El centro de la trama de Don Camilo es la interacción entre tres personajes en el contexto de la Postguerra italiana (1946 hasta los 1960): Don Camilo, Peppone y el Cristo del Altar. Don Camilo es un sacerdote y cura católico tradicionalista y guerrero, de enorme fortaleza física y profundas convicciones morales y políticas, enfrentado política e ideológicamente a su coprotagonista Giuseppe “Peppone” Bottazzi, jefe de la célula local del Partido Comunista Italiano y Alcalde del pueblo. Ambos personajes representan posturas políticas enfrentadas, y viven en una relación constante de amor-odio que no excluye la agresión física. Sin embargo, cuando deben enfrentar conflictos generales y universales unen fuerzas a regañadientes y descubren todo el tiempo que no están tan separados como les gustaría pretender. El tercer protagonista, el Cristo del Altar, es una suerte de conciencia de Don Camilo, y para explicarle conviene recurrir al propio autor: “si los curas se sienten ofendidos por  causa de Don Camilo, son muy dueños de romperme en la cabeza la vela más gorda; si los comunistas se sienten ofendidos por causa de Peppone, también son muy dueños de sacudirme con un palo en el lomo. Pero si algún otro se siente ofendido por causa de los discursos del Cristo, no hay nada que hacer, porque el que habla en mi historia no es Cristo, sino mi Cristo, esto es, la voz de mi conciencia.”  La  intensamente personal obra de  Guareschi es exitosa debido a su profundo amor a lo humano, unido a la suprema comprensión de las grandezas y miserias humanas. Esto se expresa bien en una frase del Cristo del Altar referida a uno de los enredos tan italianos mostrados en la obra: “¡Banda de chiflados!”. Guareschi es un humorista intenso, por momentos sublime: “Cosas de este pueblo que razona más a palos que con el cerebro, pero donde al menos se respeta a los muertos”. No duda en decir que él no crea nada, que quien creó a Don Camilo, Peppone, la maestra del pueblo y toda la recatafila de entrañables personajes de Un mundo pequeño fue la Tierra Baja al lado del río Po. Es un poeta de las cosas sencillas que afectan el devenir cotidiano del corazón: El amor, la envidia, los rumores, la sobrevivencia, las tradiciones, la Navidad, la tolerancia, la fe, la política. Me encantaría ver este libro en todos los Planes Lectores, pues además de ser sencillo de entender, es realista a más no poder. Un personaje secundario nos ayudará a ver cómo piensa Guareschi: El hijo de Peppone, el Alcalde Comunista, es de niñito un querubín angelical que lleva flores al Obispo, que al caer enfermo es salvado por un heroico Escuadrón Volante de Motociclistas dirigida por Don Camilo, y que termina de jefe de banda de jóvenes motorizados, enamorado de la sobrina de Don Camilo – que es la piel del diablo - y por último paracaidista del Ejército italiano. Y en estos procesos, donde todo cambia, pero a la vez todo sigue más o menos igual, el ser humano continúa su marcha hacia Dios, que le espera con los brazos abiertos y dispuesto a comprender y perdonar. Repito, para mí es un misterio por qué esta obra no está en nuestros Planes Lectores. De repente porque considera a los  comunistas como seres humanos. La tolerancia política y la convivencia social, que no significa aceptación necesaria, del democristiano Guareschi se expresa en palabras del Cristo del Altar: “ … es preciso perdonarlos, porque no lo hacen para ofender a Dios. Ellos buscan afanosamente la justicia sobre la Tierra porque no tienen fe en la recompensa divina. Por eso creen solamente en lo que se toca y se ve, y los aviones son para ellos los ángeles infernales de este infierno terrestre que en vano tratan de convertir en paraíso. (…) Pero tu Dios no está hecho de números, Don Camilo …”.   

III
Enrique Jardiel Poncela y el Teatro del Absurdo

Los primitivos del arte nuevo – así decía Monet de Cézanne – no son personas exitosas en el sentido común del término. Están adelantados a su tiempo y su sociedad, o si se quiere a caballo entre lo antiguo que veneran y lo nuevo en que lo transforman. Sus descendientes suelen hacer plata con la chamba del muerto, pero ellos mismos la pasan cuadras. Jardiel Poncela es un ejemplo típico. Murió a los cincuenta años de edad, de vivir demasiado y con demasiada intensidad. Su obra está ahí, representándose y leyéndose hasta la actualidad, mientras en su época era considerada rara y exagerada e incluso irrepresentable. Tuvo grandes éxitos de taquilla teatral, escribió novelas y guiones; vivió, conoció y trabajó en la España, el Hollywood y la Argentina de los años treintas; fue transgresor, ególatra, creído de sí mismo, y a la vez profundamente enamorado del arte del teatro y de la letra escrita. Su éxito se inició cuando rompió con la pesada y profusa tradición teatral española e inventó el Astrakán, tipo de comedia inclasificable, literariamente impecable, pero que fue atacada por los críticos hasta extremos caníbales. Por supuesto Jardiel devolvió los golpes con dureza decuplicada y repleta de sanguinaria ironía: “Los críticos son los parásitos del artista, echémosle Flit (insecticida) …”, o “… pedirle a un crítico que discurra es forzar su naturaleza y plantearle un problema mental de primer orden.” El Astrakán es, básicamente, un tipo de comedia irreal, hecha de absurdos, de imposibilidades, de incoherencias; pero que se sostiene en una lógica interna en las fronteras de lo verosímil. La fábrica de sueños hollywoodense y sus colonias artísticas, como el cine mexicano y argentino, le copió con descaro sus ideas para sus guiones. Es actual, sus chistes y ocurrencias son repetidos y repetidos hasta la saciedad por los comediantes de hoy cuando se les acaba la creatividad, y soporta la relectura con gran éxito. Yo llegué a Jardiel de la mejor forma posible: representado en una obra colegial, protagonizada por mi largamente descomunicado amigo lejano Raphael Caparrós – lejano en el sentido que vino al Perú, conquistó a su esposa y se fue a España, donde reside hace más de treinta años –, de quien me gustaría saber más. Esta obra es la extrañamente hermosa Eloísa está debajo de un almendro, flor de comedia astracanesca, que tuve la fortuna en circunstancias análogas de representar, si bien sin la soltura y suficiencia de Raphael. Posteriormente me familiaricé con el resto de la obra jardeliana.        

Una frase de Jardiel nos lo pinta de cuerpo entero: “ … yo no admito más jueces – descontado el público, que paga por dar su fallo – que los que se hallan a mi mismo nivel, o a un nivel superior al mío, en mentalidad, en sensibilidad y en concepto del arte”. Ferozmente independiente, refractario a la colaboración, contestatario y ciertamente anarquista libertario más que liberal, nos obsequia con títulos como Los ladrones somos gente honrada, Un marido de ida y vuelta, Amor se escribe sin Hache, Usted tiene ojos de mujer fatal, Las cinco advertencias de Satanás, e incluso Angelina o el Honor de un Brigadier, escrita en verso a la manera de Hartzenbusch y otros autores de fines del Siglo XIX. Experimental hasta el extremo, miraba en ambas direcciones. Escribió cuentos y narraciones donde suprimía ciertas vocales, o se lanzaba a cosas – así las llamaba – como ¿… y hubo alguna vez Once Mil Vírgenes? o La Tournée de Dios, que mostraban su profunda desencanto ateo, en época donde el catolicismo más tradicionalista andaba suelto en la España Falangista / Franquista de los años veintes, treintas y cuarentas. Por cierto, también los republicanos españoles iban en pos de su cuello. Así transcurrió su medio siglo de vida, entre dos aguas, tratando de sobrenadar lo más auténticamente posible en una complicada época de intolerancias. Leer a Jardiel es un regalo que uno se hace, y sorprende no verlo representado. Fuera de la Eloísa …, me parece simplemente genial Blanca por fuera y Rosa por dentro, donde muestra una extraordinaria inventiva, imitando creativamente al Cervantes del Retablo de las Maravillas de trescientos años antes, al crear un teatro dentro del teatro – se trata de repetir una escena de descarrilamiento para que la protagonista femenina recupere la memoria y vuelva a querer a su marido, con el que se pelea constantemente. Posee personajes entrañables, como el fiel criado Camilo, mayordomo y veterano de guerra, que vehicula una transgresión social que termina por desternillarlo a uno de risa, y que nos recuerda al Ama de Doña Rosita la Soltera de García Lorca; la amnésica mucama Mónica, que se vuelve repentinamente un as de la memoria cuando su ama pierde la ídem; Héctor, enamorado antiguo de la guapa pero insoportable Blanca, y viudo de la fea pero amorosa Rosa. El matrimonio de Ramiro y Blanca se dibuja con gran economía de recursos, no se necesita saber cómo anda aquello cuando en la primera escena se ve la silla colgada de la araña de la sala … .  Y, por último, el Doctor Anastasio “Anestesio” Fonseca, el profesor Perales y el matrimonio vecino, que se pelea constantemente, con suegra y todo; todos terminan por dibujar una trama casi perfecta, con enorme cantidad de actores en determinadas escenas, donde nada sobra y nada falta, y que desde el principio hasta el final se disfruta en cada línea. En todo lo que nuestra humana imperfección nos puede limitar, yo creo desde mi muy amateur punto de vista, que ante la Eloísa … y la Blanca … estamos ante dos comedias perfectas, de aquellas que el mismo Jardiel decía tenían padre y madre: El padre, el humorismo, la madre, la poesía. Perdónenme mis lectores, una vez más, el entusiasmo.    

IV
Woody Allen y Para acabar de una vez por todas con la Cultura

Empecemos por rendir el más sentido homenaje a los traductores. Quizá lo más difícil de traducir que exista sea el Humorismo. Cuando encontremos una obra humorística en castellano de autor extraño a nuestra hermosa lengua, no podemos menos que aunque sea mirar por encima el nombre del heroico traductor que nos lo pone a nuestro alcance. Aunque es indudable que es preferible leer a cualquier autor en su idioma original y que siempre se pierde algo en la Traducción, lo cierto es que hay que ser grande para poder transmitir el talento desde un idioma origen indudablemente completo en sí mismo a otro idioma meta igualmente completo, considerando además que cada autor es una persona compleja en sí misma, lo que patentiza la dificultad del oficio de traducir. Hecho este homenaje, miremos a Woody Allen, famosísimo director de cine, guionista experimentado, culto como pocos, irremediablemente músico, y con pespunte de robacunas. Increíblemente prolífico y creativo, ha dirigido una cantidad inmensa de películas, tales como Lily la tigresa (1966), Toma el dinero y corre (1966), Bananas (1971), Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar (1972), El dormilón (1973), La última noche de Boris Grushenko (1975), Annie Hall (1977), la increíble Zelig (1983), La rosa púrpura de El Cairo (1985), Poderosa Afrodita (1995), Melinda y Melinda (2004), la extraordinaria Vicky Cristina Barcelona (2008), y me quedo cortísimo, porque el hombre sigue activo y no tiene cuando cantar como cisne. Su talento no se limita a dirigir y escribir guiones, como actor supera su físico calvo, feo y achaparrado haciendo de antihéroe torpe y aturdido. Sus artículos en el The New Yorker y otras publicaciones se sistematizaron en una obra extraordinaria de humor a lo bestia: Para acabar de una vez por todas con la Cultura. El amigo Heywood Allen se permite en ella romper todas las convenciones, destrozar todos los temas, recortándolos con tijeritas conceptuales para hacer pajaritas de papel, y arrojarlas desenfadadamente al viento. No duda en hacer pedazos los géneros literarios. Nada ni nadie se salva. Hagamos un somero paseo por algunos de estos interesantes y graciosos artículos.

En Las listas de Metterling se burla hasta la muerte de las obras de análisis literario, inventándose un autor – Metterling - de libros tan esenciales como Confesiones de un Queso Monstruoso y Pensamiento de un Pollo, cuyo profundo análisis se vehicula a través de la ropa que lleva o deja de llevar a la lavandería. En Mi filosofía hace pedazos el pensamiento filosófico presentándolo como el resultado de un souflée hecho por su esposa que le cae en el pie y le fractura varios huesos, e incluso parodia las expresiones clásicas de la Filosofía, la especulación, la alegoría y el aforismo: “… no cabe duda de que la característica de la «realidad» es que carece de esencia. Esto no quiere decir que no tenga esencia, sino simplemente que carece de ella. (La realidad a la que me refiero es la misma que describió Hobbes, pero un poco más pequeña.). En Sí, ¿pero puede hacer esto la máquina de vapor? ridiculiza el proceso científico poniendo como ejemplo la invención del Sándwich por el Conde de Sándwich (Liberó a la humanidad del almuerzo caliente. Todos estamos en deuda con él). En El séptimo sello retoma un tema que había presentado en la película La rosa purpura del Cairo rindiendo risueño homenaje al cineasta sueco Ingmar Bergman, matando a la Muerte por la acción de un diseñador de ropa. En Leyendas hasídicas según la interpretación de un distinguido erudito le reparte duro a su propia herencia ancestral judía, absurdizando las leyendas del Hassidim. El Ajedrez por correspondencia resulta convertido en contrasentido y en dos partidas diferentes jugadas por dos fanáticos del ajedrez en Correspondencia. Emplea talentosamente la técnica de la exageración astracanesca en Reflexiones de un Sobrealimentado: “Soy gordo. Soy asquerosamente gordo. Soy el ser humano más gordo que conozco. Lo único que tengo es exceso de peso en todo el cuerpo. Tengo los dedos gordos. Tengo las muñecas gordas. Mis ojos son gordos. (¿Puedes imaginar ojos gordos?)”. En El Conde Drácula, destroza el género vampiresco al sacar a Drácula de su ataúd un día de eclipse de Sol, y por ende esconderse en un armario hasta la noche (-¡Oh, mira, mamá -dice el panadero-, el eclipse debe de haber terminado! Vuelve a salir el sol. -Así es -dice Drácula cerrando de un portazo la puerta de entrada-. He decidido quedarme. Cierren todas las persianas, rápido, ¡rápido! ¡No se queden ahí! -¿Qué persianas? -preguntó el panadero. -¿No hay? ¡Lo que faltaba! ¡Qué par de...! ¿Tendrán al menos un sótano en este tugurio? -No -contesta amablemente la esposa-. Siempre le digo a Jarslov que construya uno, pero nunca me presta atención. Ese Jarslov…  -Me estoy ahogando. ¿Dónde está el armario?). Seguramente se me perdonará que como Profesor de Filosofía, mi relato preferido sea El Gran Jefe, en que emplea con enorme talento las convenciones de la novela policial para ilustrar la contratación del detective “Káiser” Lupowitz por una guapísima estudiante de filosofía que necesita encontrar a Dios para aprobar un curso. El proceso del detective en la búsqueda de Dios lo lleva a identificar un cadáver que responde a sus características, el ser sospechoso de su asesinato, entrar en relaciones con la estudiante que lo contrata, mencionar en el transcurso las ideas de los filósofos Jaspers, Buber, Hegel, Schopenhauer,  los existencialistas, etcétera  (-Hazme caso, Kaiser. No hay nadie por encima de nosotros. Sólo el vacío. No podría emitir todos esos talones falsos ni joder a la gente como lo hago si por un segundo tuviera conciencia de un Ser Supremo. El universo es estrictamente fenomenológico. No hay nada eterno. Nada tiene sentido.). Esta pieza de antología culmina encontrando culpable de la Muerte de Dios a la misma estudiante que contrataba al Kaiser, y con su muerte, unida a un discurso final conceptuoso durante su agonía: “un concepto sutil (…) que espero haya pescado antes de morir”.  Humor oscuro, hasta para ser Negro.

V
Colofón

Si algo hay en común en todos los magníficos libros de humor que poseo es el hecho que los tengo hecho trizas, desgastados en los bordes, sucios en las esquinas. Es que los releo una y otra vez. La marca del Humor de calidad es que se retorna a él, se lee, relee, se vuelve a leer y se vuelve a releer, una y otra vez, y cada cierto tiempo se vuelve a ellos. Y siempre te ríes, siempre se produce la misma reacción frente a lo gracioso del animal humano. No me parece que sea un mal pasar el entender quienes somos, y ejercer la condición humana de reír. Estoy seguro que hay cosas peores en la vida. Grande me salió este artículo, y aún así mucho se me queda en el tintero. Tal vez se justifique una segunda parte en estas Crónicas sobre Humorismo. Y como siempre: Lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. Pero lee. Y ríete todo lo que puedas. Porque en pijama de madera, ya no se puede … .
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CRÓNICAS DE LECTURAS - Seis
Humorismo – Segunda Parte
I
Nunca segundas partes fueron buenas, leer por obligación,
y qué bueno leer en el Idioma Original

Cuando terminé mi anterior Crónica de Lecturas sobre Humorismo, francamente me quedé, como quien dice, con la yuca adentro. Vale decir, tenía que continuar la condenada cosa, porque demasiado se me quedaba por decir. Qué vaina, así es el fútbol. En mi Crónica anterior me metí con tres de mis autores humorísticos preferidos: Giovanni Guareschi, Enrique Jardiel Poncela y Woody Allen, pero que hay más, hay más. Aunque nunca segundas partes fueron buenas, tengo la esperanza que ésta no le complique la vida a nadie, y después de todo, damas y caballeros, este es mi artículo, este es mi Blog, si no le gusta nadie le pone revólver para que lo lea. Pero tengo la esperanza que le guste mi Croniquita y siga leyendo. Es que nos cruzamos con el Humor en todas partes. No hace mucho ayudaba a un alumno a trabajar un texto del Plan Lector en idioma inglés de un importante colegio de Lima, y me encontré con una joyita del Humor Británico: Three men in a boat (Tres Hombres en una Barca) de Jerome K. Jerome. Yo no lo conocía, y no lo solté hasta finalizarlo, con el chico de marras mirándome. La situación era extraña, pues el chico tenía que leer por obligación, en tanto yo me había encontrado con esa lectura y las dos primeras páginas me habían metido en una excelente narración humorística, además bien elegida. Me sorprendía que el chico mostrara tanta indiferencia frente a este corto texto. Él ya había leído unas 20 páginas, y le hice ciertas preguntas de rigor: De qué trataba, personajes, esas cosas. Todo me lo respondió bien. La cosa vino cuando le mencioné como al desgaire lo humorístico que me había parecido. Y el chico me miró con cara de Lado Oculto de la Luna. Ni siquiera se había percatado del peculiar humor de la narración. Pronto caí en el motivo, vinculado a por qué se lee. Yo había leído por gusto, y él por obligación. Su objetivo era llenar unas fichas, y por ende leyó para llenar la ficha. Como no tenía un pelo de idiota, leía el libro buscando las respuestas a las preguntas de la bendita Ficha, de modo que cuando las encontraba, transcribía. Así que, damas y caballeros,  el objetivo que nos planteamos al leer cuenta. Si lees para averiguar cuántos pronombres relativos hay en un texto, lo harás de manera muy diferente a si lo haces para entender su influencia en la cultura moderna. En el primer caso tu lectura es más bien una meta-lectura, en la que atiendes más a la estructura gramatical del texto y al registro de pronombres, que a su narrativa, y eso no es más que lo lógico. Algo así le pasaba al chico de marras. A él lo que el libro narraba o contaba le tenía absolutamente sin cuidado, bien podría haber sido El Sueño del Celta, La Historia de la República de Jorge Basadre o los Protocolos de los Sabios de Sión, lo que le interesaba era rellenar su ficha para que dejen de fastidiarlo con la jarana del Plan Lector. Y así entonces en realidad no conocía el Libro, ni menos captaba el humor. Lo obvio hubiera sido que el libro fuera presentado con estrategias que fomentaran su lectura. Por lo que conozco a este chico y a muchos otros, no parece ser eso lo que pasa.

Por cierto, esta joyita de la Corona del humorismo inglés es cortita, y es más joyita aún en su idioma original. En mi artículo anterior hice el debido homenaje a los traductores que con estoicismo y solvencia ponen a nuestro alcance las obras de los autores que no son de nuestro idioma. Ahora haré otra apología: La lectura de los originales en su idioma original. Para poder decir que uno conoce otro idioma hay que poder leer literatura en ese idioma, y cuando eso ocurre significa que cuando menos duplicaste el tamaño de tu mundo interno, al ganar la capacidad de entender las cosas con otro lenguaje. De hecho las Instituciones más reconocidas y afiatadas en nuestro medio - el Instituto Cultural Peruano-Británico, El Instituto Cultural Peruano-Norteamericano, la Alianza Francesa, el Instituto Goethe, etcétera -, enseñan sus respectivas lenguas como medio para transmitir sus Culturas. Yo no creo que una persona pueda llamarse culta si no domina cuando menos una lengua diferente de su lengua materna. Y yo digo que ese dominio por lo menos debería implicar el acceso a textos literarios en ese otro idioma. No es posible recomendar más el aprendizaje de otros idiomas para los niños, jóvenes y adultos. Hay un algo especial en los conceptos vistos desde otro registro lingüístico. Se pone el pie en Otro Mundo aparte del propio. Prometo tratar este tema en otra Crónica. Volvamos a lo nuestro.

II
El Mundo al Revés

Dije en mi Crónica anterior que el Humorismo sirve para enfrentar la Vida con solvencia. Como vivir suele dar mucho trabajo, suele surgir una gran disconformidad y agresividad frente al Mundo tal como es. Esto ocurre en la adolescencia y la juventud, y hay veces que la rebelión se torna violenta. La necesidad perentoria de integrarse a la sociedad que sienten adolescentes y jóvenes choca con un des-encantamiento general. Una alumna que tuve y con la que me crucé años después de haber egresado, me lo dijo bien claro: “Javier, tenías razón, el mundo es… FEO”. La adaptación de adolescentes y jóvenes puede terminar bien, o puede terminar en sociopatías e incluso sicopatías. La adaptación implica el uso masivo de ciertos mecanismos emocionales: Todos tenemos la intuición de que es mejor reír que llorar, estar contento y satisfecho que ser desdichado e insatisfecho. Indudablemente uno de estos mecanismos es el Sentido del Humor, que nos purifica y nos permite una catarsis interna que nos libra de la autocompasión y de la violencia. No pateas aquello de lo que te ríes. No apuñalas al que percibes como ridículo. Un chiste relaja la atmósfera más tensa. Incluso la matonería – bullying es reducida. Me pasó en el colegio cuando tenía diez u once años, un recreo en que hacía ridícula gala de una agresividad tosca, bruta y sin sentido. Un amigo - No te hagas el sonso, Tito, que fuiste tú – que por cierto estaba bendecido por el cielo con un extraordinario – y a veces extraño – sentido del humor; me increpó esa actitud, y entre muchas cosas que me dijo se me grabó esto: “Tienes que aprender a batirte”. Yo conocía la palabreja “batirse”, la había leído en Los Tres Mosqueteros, que se batían combatiendo contra los Guardias del Cardenal. No recuerdo qué respondí entonces, pero entendí muy bien el asunto, eventualmente seguí el consejo, y creo que en algo me ha funcionado, después de todo. Y ahora me veo a mí mismo escribiendo sobre Humorismo. (Ya pues, Tito, no te rías… o bueno, ya, si tengo que atracar, atraco. Riámonos).

Como el mundo tal como es no nos gusta, hacemos acrobacias mentales para adaptarnos a él. Los niños y niñas no empiezan estas acrobacias en la mente, sino en el cuerpo. Poseer un cuerpo, ocupar un espacio, usar el cuerpo para ocuparlo es una feliz característica de los chicos, y es su manera de adaptarse al mundo y de adaptar el mundo a ellos. Es muy triste ver a padres y madres sobreprotegiendo a los niños y evitando por todos los medios que corran, salten y muevan el esqueleto… porque se pueden hacer “daño”. En fin. Los niños ríen cuando juegan, y podríamos decir que poseen un “humorismo físico” del que una buena expresión es el “mundo al revés”. Si eres papá o mamá, haz que tu hijo pueda percibir el “mundo al revés”. Es decir, que en un momento dado se ponga de cabeza, y mire. Además de convocar poderosamente su atención, eso de que las cabezas de las gentes estén abajo y los pies arriba, el cielo de suelo y el suelo de cielo suele ser muy gracioso. Por ello es que les divierten tanto los salones de espejos. Y si hacemos que ellos lo hagan, no veo razón alguna para no hacerlo nosotros, los formalotes adultos. Eso, de paso, nos hace ver las cosas definitivamente desde una perspectiva diferente, y así aprendemos a reírnos con nuestra prole y a desarrollar nuestro propio y adormecido sentido del humor. Una dimensión interesante del tema del “mundo al revés” es el hacer las cosas al revés. No es extraño considerando por ejemplo que el enorme comediante Charles Chaplin era capaz de hacer todos sus movimientos al derecho y al revés a la perfección. Caminar por la calle o por la casa al revés – a todos mis hijos les dio por esto en algún momento – es extremadamente gracioso, aunque requiere de vigilancia, y menos mal se les pasa pronto. Y si podemos pensar el mundo al revés, podemos expresarlo por escrito. Toda Literatura pone al Mundo del Revés. El Humorismo como forma de subvertir la realidad produce risa. Así hace Jonathan Swift en los Viajes de Gulliver: Empieza por el tamaño, y muestra a Gulliver en su desadaptación entre enanos y gigantes. En el mismo sentido, pero más útil, el clásico en lengua inglesa Flatland (Planilandia), escrito por Edwin Abbott en 1884, muestra las deliciosas aventuras del Cuadrado A tratando de explicarle a sus congéneres cómo es eso de la tercera dimensión del espacio – que por si acaso,  es donde vivimos usted y yo, estimado lector. Los Viajes de Gulliver y Planilandia son sátiras, burlas, ataques a la sociedad en que vivían. En estos días que celebramos el Día Internacional de la Mujer, conviene recordar que en Planilandia se presenta a las mujeres como líneas, que ni siquiera llegan a la segunda dimensión … .De paso, recomiendo el excelente libro de divulgación científica La Cuarta Dimensión, de Rudy Rucker, por el que conocí y me interesé por leer Planilandia. Un ejemplo de sátira en la tradición española se lo debemos al enorme escritor del Siglo de Oro Don Francisco de Quevedo y Villegas: Los Sueños. De lectura más fácil que El Quijote, permite acercarse con mayor facilidad al español del Siglo XVI. Consta de El Sueño del Juicio Final, El Alguacil endemoniado, el Sueño del Infierno, y El mundo por de dentro. En el Sueño del Juicio Final, narra en primera persona el Juicio Final tal como lo ve el Catolicismo: Las almas tornan a sus cuerpos y “es de ver” cómo los pecadores huyen de partes de sus cuerpos por no tener testigos de sus propios pecados (“… lo que más me espantó fue ver los cuerpos de…. mercaderes que se habían calzado las almas al revés y tenían… los cinco sentidos en las uñas…”); luego narra la universal rendición de cuentas con fuertes críticas a diversos grupos sociales, usando recursos literarios de primera (“Llegó … un avariento a la puerta (y le dijeron) que los diez mandamientos guardaban la puerta de quien no los había guardado, y él dijo que en cosas de guardar era imposible que hubiese pecado”). El Alguacil endemoniado narra las historias del Infierno que cuenta un Alguacil poseído por un demonio (“… los diablos en los alguaciles estamos por fuerza y de mala gana (…) debéis llamarme a mí demonio engualacilado, y no a éste alguacil endemoniado”). En El Sueño del Infierno, el autor describe las sendas que llevan al Cielo y al ídem, describiendo los tipos humanos que van por uno y otro. Quizá lo más interesante en esto de invertir el mundo esté en el Mundo por de Dentro, que inicia alegando ignorancia (“Es cosa averiguada (…) que no se sabe nada y todos son ignorantes. Y aún esto no se sabe de cierto”), para luego desplegar un profundo conocimiento del corazón humano al ser guiado por un anciano por la Calle de la Hipocresía, ver cosas como un entierro, y luego acto seguido verlo como realmente es, desnudando sus falsedades y mentiras. Ver el mundo “del revés” no siempre es agradable, pero nos reímos para exorcizarlo. Decía el malogrado cantautor uruguayo Facundo Cabral que la mejor forma de cambiar el mundo es ser felices y vivir bien.

III
El Mundo al Derecho y al Revés

Si entendemos que el Mundo está al Revés, también lo podemos pensar en contrario, es decir un Mundo al Derecho, es cosa de en qué posición te colocas. El Humor suele ser utilizado como contrapunto de la Tragedia, como en La Celestina, de Fernando de Rojas. Por ahí se diferenciaría lo que algunos que saben llaman en España las vertientes humorísticas aragonesa (centrada en el revés) y castellana (centrada en el derecho). Quevedo y el desconocido autor del Lazarillo de Tormes, por ejemplo, pertenecen a la vertiente aragonesa, en tanto que Miguel de Cervantes a la castellana. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha es una obra satírica y burlona, aunque se nos escape en su redacción. Si uno quiere conocer de veras a Cervantes quizá empezar por El Quijote no sea adecuado, habiendo Las Novelas Ejemplares. La primera que leí, estando aún en el colegio, fue Rinconete y Cortadillo, y la verdad me gustó mucho, en especial el personaje Monipodio, príncipe de los ladrones de Madrid. Pero otras como El Licenciado Vidriera, La Gitanilla y El coloquio de los perros son también de lectura fácil, intención interesante, redacción galana y sencilla, y sobre todo entretenidas. La Literatura francesa cuenta con su clásico del Humor del Revés: Gargantúa y Pantagruel, de Francois Rabelais, probablemente sin parangón alguno en cuanto a sus excesos verbales y fantasiosos (Amigos lectores que este libro leéis, / renunciad a toda afección, / y al leerlo, no os escandalicéis: / no contiene mal ni infección, / aunque tampoco gran perfección. / Si no aprendéis, reiréis al menos; / (…) / mejor es de risa que de llanto escribir, / pues lo propio del hombre es reír). El humor rabelesiano no tiene límites de decencia o decoro, puede ser coprolálico, obsceno y escatológico. Narra la Historia de los gigantes Gargantúa y su hijo Pantagruel. Nos daremos una idea de la historia si pensamos que las primeras palabras del bebito Pantagruel al nacer fueron: “¡A beber, a beber!”...

El choque entre el Deber-Ser (Mundo al Derecho) con el Ser (Mundo al Revés) es notable cuando miramos a las necesidades humanas, en particular las sexuales. El sexo es tan importante para el ser humano, crea tantas complejidades, dificultades y satisfacciones; que el Humorismo recala en él de uno u otro modo, a veces sutil, en otros crudo y obsceno. Desde la Comedia griega de Aristófanes encontramos combinaciones variopintas, en particular en Lisístrata o la Rebelión de las Mujeres, donde juega con un mundo inverso: Las mujeres, hartas de la guerra entre Atenas y Esparta que se lleva a sus hombres, deciden ir a la huelga de clámides caídas, y se niegan a tener comercio carnal – me divierte esta expresión – con sus maridos hasta que no pongan fin a la guerra. Es muy sugestiva la escena del diálogo de Lisístrata con su marido, que parlamentan a nombre de mujeres y varones, realizado con columna de por medio y donde ambos se persiguen mutuamente en un tira y afloja entre la negociación política y el irresistible impulso sexual. Si quieren saber en qué termina, léanlo, no sean flojos. Paso por alto a Ovidio y Petronio. Y aunque algunos opinan que no hubo sexo durante la Edad Media, bastaría con el Libro del Buen Amor, de Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, para desengañarlos. Durante el Renacimiento surge la Novela Corta, de la que es exponente el magnífico Decamerón o Libro de las Cien Novelas de Giovanni Boccaccio: Durante la horrorosa epidemia de la Peste Negra de 1348 – descrita con tanta maestría que aún hoy no podemos leerla sin estremecernos (¡Cuántos valerosos y nobles hombres, cuántas y cuán hermosas galanas damas, cuantos gentiles y alegres hidalgos que no a juicio del pueblo común, sino al de Galeno, Hipócrates y Esculapio, serían juzgados bien complexionados y sanos, a la mañana comieron con sus compañeros y amigos, y a la noche cenaron en el otro mundo, con sus antecesores!) - siete jóvenes damas y tres agraciados jóvenes deciden alejarse de Florencia y dirigirse a las villas de alrededor, a fin de “sin traspasar los límites de la honestidad” precaverse y disfrutar de “todo placer y alegría que tener se pueda”. El entretenimiento se lo procurarán ellos mismos contándose unos a otros divertidas historias que rápidamente caen en la alusión picaresca y expresan costumbres. Destacan en este sentido novelitas cómo De Ricardo y Catalina y de cómo ésta tomó el ruiseñor; Cómo una abadesa, al querer reprender a una monja por sus pecaminosos amores, fue ella misma confundida; Cómo Egaño fue engañado por su mujer, y a más apaleado por Aniquino; Cómo uno de dos amigos durmió con la mujer del otro, y cómo éste se vengó de él en la misma forma; y la que considero quizá la más divertida: Cómo Alibec aprendió a meter el diablo en el Infierno (“… yo soy venida aquí a servir a Dios, y no por estar ociosa; vamos a meter al diablo en el infierno”). Con estas historias ligeramente eróticas y más bien pícaras estas damitas y donceles trataban de ver al Derecho lo que la Peste Negra ponía del Revés. Otros autores copiaron a Boccaccio, como Geoffrey Chaucer en los Cuentos de Canterbury, muy semejante al Decamerón, aunque bastante más crudo. Tanto el Decamerón como los Cuentos de Canterbury conocieron adaptaciones a la pantalla por obra de grandes directores italianos: Boccaccio 70, por Monicelli, Visconti y De Sica (1962); y los Cuentos… por Pier Paolo Pasolini (1972).

IV
Reírse de Alguien

Burlarse de las personas es materia común en el Humorismo. Desagradable a nuestro gusto cuando se hace escarnio del débil y del que no puede defenderse, es sin embargo muy agradable burlarse de las figuras de la autoridad, de la solemnidad y de las circunstancias en las que se puede poner a empingorotados personajes. El teatro – la comedia – se presta muy bien a todo ello, y así se enriquece el Humorismo con nuevos personajes y  situaciones. La antigua Comedia Dell´Arte italiana privilegia la Improvisación sobre el escenario y crea así la comedia de situación, el lazzi, que antecede al anglosajón gag. Improvisar no es difícil porque los personajes son más o menos estereotipados, y se sabe qué esperar de ellos: Los zanni (los siervos), los vecchi (los viejos) y los inamorati (los enamorados). Entre sus personajes están el Pierrot y la Colombina, Sirena, Pantalone, il Capitano, Arlequín, Scaramouche, Tartaglia, Il Dottore, etcétera, representados en la pintura y artes plásticas, e incluso recuperados en la pieza de Jacinto Benavente Los Intereses Creados. La comedia actual de teatro y TV se alimenta de la Comedia Dell´Arte, tomándole la improvisación y los personajes más o menos estereotipados. La comedia cubano-mexicana de radio y TV La Tremenda Corte y sus diversas versiones emplea estos elementos a mansalva, de la mano del genial Leopoldo Fernández “Trespatines”. Los comediantes españoles Tirso de Molina, Pedro Calderón de la Barca y Lope de Vega en el Siglo de Oro crearon personajes duraderos como el Pastor, el Bobo o el Gracioso; y fueron plagiados con gran creatividad por los ingleses Shakespeare y Ben Johnson, así como por el francés Jean Baptiste Poquelin (a) Molière. Esta vieja Comedia es antecedente remoto de la actual comedia cinematográfica, de la radionovela y la comedia de TV actual. El Siglo de Oro inventó además nuevas formas teatrales cómicas: Los sainetes y entremeses, obritas en un acto, de humor un tanto primitivo, representadas en los entretiempos entre Acto y Acto. Estas piezas cortitas de situaciones anteceden e inspiran a los llamados “sketchs”, empleados en la televisión. No perderé ocasión de honrar al inmenso comediante mexicano Roberto Gómez Bolaños (a) “Chespirito” = “Shakespeare chiquito”, que en su obra de TV recupera la vieja tradición del entremés.

El teatro puede leerse, pero en realidad se hace para representarse, y la verdad no es lo mismo leerlo que verlo. Hay versiones y versiones, y la libertad creativa de los directores es grande, dando lugar a que una puesta de escena sea muy distinta a otra. Aquí no funciona el “ya la vi”. Yo he visto representar El mercader de Venecia de William Shakespeare en tres versiones: La teatral-televisiva del Teatro Nacional Británico, por Cable; la película homónima de Michael Radford, con Jeremy Irons, Al Pacino y Lynn Collins; y la representada por Alberto Ísola en el Teatro Británico en Lima, Perú; y puedo decir positivamente que he expectado tres obras iguales pero diferentes, cada una con sus propias características, sus propios méritos y un disfrute particular distinto en cada una, aunque la obra era la misma. Por cierto, Shakespeare es un mundo en sí mismo, y le dedicaremos su Crónica correspondiente. A estas alturas pienso en la anécdota del principio, del chico que lee solamente por cumplir con la tarea que se le ha impuesto y me pregunto cómo podría un profesor cualquiera “enseñar” humorismo, en especial cuando éste es parte tan vital del cómo sobrevivimos en este mundo. Como siempre ocurre en Educación el tema no está en las cosas que hagamos formalmente, sino en la relación que el profesor y los alumnos establecen, con los correlatos institucionales conocidos. En las Instituciones Educativas las risas están muy mal vistas, pues son algo así como el testimonio de la “indisciplina”, y el control y contención que se aspira a mantener producen caras serias y un pésimo humor, en especial en los encargados de mantener el “orden”. El humor suele ser utilizado por los alumnos contra la Institución representada en sus profesores, y el salón de clase suele ser un escenario donde, como en la comedia El enfermo imaginario de Molière, la obra es representada por todos, y ofrecida por los unos a los otros. No creo que se le haya hecho justicia aún a la longeva tradición de fastidiar a los profesores, y estoy seguro que se podría hacer más de una Antología al respecto. Pero dudo mucho que la institucionalidad educativa consiga algún día reírse de sí misma. Y así, el Humorismo solamente podrá ser “enseñado” – en el sentido de “mostrado” – por los pocos docentes que posean desenfado y alegría de vivir, a pesar de lo penoso de la labor docente.

V
Colofón

Otra vez veo cuánto no he mencionado. Solamente espero que estas Crónicas no se me conviertan en los Trabajos de Hércules. A fin de cuentas, tal vez no consiga mencionar ni el diez por ciento de todo lo que ha pasado por mis ojos. Supongo que importa poco. Un riesgo del escribir es que uno jamás podrá tener la oportunidad de decirlo todo. Puede que haya una tercera parte y una cuarta o quinta parte de estas Crónicas referidas al Humorismo. Lo que sé es que no serán inmediatas. Pero como decía yo mismo en anterior Crónica, estoy seguro que hay cosas peores en la vida. Como siempre: Lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. Pero lee. Y sigue riendo … .


CRÓNICAS DE LECTURAS – Siete
Leer Ciencia y Tecnología - Uno

I
Literacidad científico-tecnológica, y el Amanecer del cómo se mete uno en la Ciencia

Uno de los grandes problemas en nuestro país es el del analfabetismo científico y tecnológico. En parte es porque no leemos nada de nada y de Ciencia menos, en parte porque tenemos poco acceso a libros sobre el tema, en parte también porque cuando de Ciencia se trata los Medios de Comunicación nos sirven un menú “científico” basado en una parodia de ciencia, si no en la seudociencia y la superstición. En pocos aspectos como en éste se percibe mejor la influencia destructora que poseen los medios. Pero no insistiremos en ello, lo hacemos ya y lo seguiremos haciendo. Digamos que entre los registros lingüísticos que debiera dominar todo alumno y ciudadano está el científico tecnológico. Esto significa, por una parte la capacidad para decodificar los lenguajes científicos –tecnológicos (si no lo puedes hacer eres un analfabeto científico); y por otra la llamada literacidad científico-tecnológica, que PISA describe cómo la  capacidad para usar del conocimiento científico para identificar problemas y poder sacar conclusiones basadas en la evidencia, que ayuden a entender y tomar decisiones respecto al mundo natural y los cambios que produce en él la actividad humana. Notemos en esta definición esas habilidades cognitivas: identificar problemas, obtener conclusiones basadas en evidencia, comprender, tomar decisiones; y nos percataremos lo muy huérfanos que andamos los peruanos en estos aspectos. Y si antes el conocer y operar con el lenguaje científico ya era importante, hoy en día ya es imprescindible. Pensemos nomás en ese extraño idioma paralelo que se ha enseñoreado en tantos segmentos poblacionales: el computés, cuyo dominio está reservado a algunos iniciados en los arcanos de las ciencias de la Informática y la Computación. Pensemos en los siguientes términos procedentes de estas disciplinas y pensemos si sabemos qué significan (nivel de decodificación) y más aún si los podemos utilizar (nivel de comprensión): bit, byte u octeto, Ley de Zipf, procesador, meme, código Ascii (pronunciado asqui), matriz, interfase, conector de salida, fractal, bus, hashback, memoria RAM, microprocesador, plotter, fibra óptica, ancho de banda, Kbps, input, output, coma flotante, lenguaje hexadecimal, sistema operativo, etcétera, etcétera, etcétera. Y pasa con las computadoras lo mismo que pasa con los automóviles o las refrigeradoras; que las utilizamos sin pensar y sin entender los principios fundamentales de cómo operan. Si por nosotros es, podría ser por magia. Pero no es así para los que las pensaron, planificaron y construyeron. Y esos no fuimos nosotros, fueron ellos, y esos ellos hoy en día nos cobran esa chamba que se dieron, y la pagamos fuerte, créanme.   

¿De dónde rayos me salió a mí el gusto por la Ciencia y la Tecnología? Pues, como en todo, de las experiencias vividas. Distingo dos momentos estelares: El amanecer y el mediodía (no quiero ni pensar en el ocaso). De chibolín le eché el ojo a los libros técnicos de mi padre, recuerdo de sus épocas universitarias en la Facultad de Química Farmacéutica en San Marcos. Yo tenía menos de diez años y nadie suponía que viera esos libros, ni tampoco captaba una jota de ellos. Muchas letras, pequeñitas. Figuras aburridas, en blanco y negro. Las enciclopedias de casa me habían familiarizado ya con contenidos científicos bien mezclados con otros, y como yo ni diferenciaba ni discriminaba, me limitaba a absorberlo. Eso funciona por un tiempo, pero a la larga hay temas más fuertes que otros, según a qué seas expuesto, y empieza uno a centrarse sobre ciertas cosas con preferencia a otras. Por suerte entre los libros en casa había parte de la colección Ciencia Creativa, traducción de la auspiciada por el American Museum de Nueva York, de Historia Natural. Los títulos eran Planetas, Estrellas y Espacio, de Joseph Chamberlain y Thomas Nicholson; e Historia de la Tierra, de Gerald Ames y Rose Wyler. Los he releído más veces de lo que podría contar, y aunque eran para principiantes no los entendí plenamente al principio. Pero no importaba. Tenían fotos y dibujos de enorme interés, y textos bien redactados y sencillos. Me familiaricé y apasioné para siempre con la Astronomía, la observación del firmamento, la Historia Geológica, la Historia de la Vida, la exploración espacial y la Geografía. La satisfacción vital que siento al respecto es tan profunda y marcada que me resulta imposible narrarla con objetividad. Había entrado sin saberlo a la Ciencia, sin saber leer ni escribir, sin anestesia, sin aviso; y ya no me iría jamás. Es que cuando eres niño el refuerzo positivo es decisivo: Mirar el firmamento y reconocer las constelaciones del libro; caminar por un valle, la playa o la selva, y reconocer las rocas, los animales y los fósiles del libro, todo eso no tiene precio. Si me preguntas de dónde surge la pasión por el conocimiento, yo lo respondo con mi experiencia: De aplicar a la realidad lo que aprendiste por medios intelectuales. De experimentar con tu propio cuerpo y tus propios sentidos aquello que leíste, te dijeron o averiguaste. De corroborar las cosas por ti mismo, con tus ojos y con tu cerebro. Se liberan así más endorfinas en el cerebro que fumándose una de la buena. En esto, lo repito, los refuerzos positivos cuentan muchísimo. En casa se adquirió un telescopio, al que le debo horas de observación, y eso que el cielo de Lima es un asco para ver las estrellas, pero los planetas sí que se dejan ver. Una vez me llevaron al Planetario del Morro Solar, una sola, pero quedó indeleble en mi memoria hasta hoy. En un paseo escolar al valle del río Santa Eulalia descubrí un caracol medio fosilizado, y lo entregué al pequeño museo del colegio. Y jamás me sentí tan orgulloso en toda mi vida.

II
El Mediodía de la pasión por la Ciencia, y la Hepatitis C

El mediodía de mi pasión por la Ciencia coincidió con una fulminante, agresiva y discapacitante enfermedad que me mandó varios meses a la cama: La Hepatitis C. Parece ser mi destino que me pasen las cosas “por adelantado”, a veces me he sentido el conejillo de indias de toda mi generación. Tenía 31 años de edad cuando me dio la dichosa enfermedad, y esa maldita ni siquiera existía clínicamente. Le llamaban Hepatitis “ni A ni B”, y francamente era de pararse los pelos, y hasta un poco ridículo, enfermarse de algo que nadie sabía qué cuernos era. Y encima, en provincia. Aún recuerdo lo que me dijo mi amigo el Doctor Sabino Gonzales, Médico Decano del Hospital de Huarmey: Flaco, te jodiste, tienes hepatitis aguda. Así, sin anestesia. Entregué el Hotel a la Cajera, medio moribundo me despedí de los amigos, y me vine a Lima, más amarillo que un chino. Terminé en cama en casa de mi madre, y las cuatro paredes blanco humo del cuarto de visitas fueron mi paisaje por varios meses. Pero aquí no digo verdad, porque mi verdadero paisaje fueron los libros de la colección Biblioteca Científica Salvat, que por entonces aparecía semanalmente. Metido en cama sin poder apenas moverme, con permiso por enfermedad, harto de la programación de la televisión nacional – no había cable en aquellas antediluvianas épocas – me leí todos y cada uno de esos libros, amén de muchos más sobre otros temas. La Hepatitis C es una enfermedad curiosa, que hasta la fecha no tiene cura, apenas un tratamiento con interferón y ribavirina para sostener calidad de vida, tratamiento desconocido por entonces, y que tampoco me hubiera servido de gran cosa. El bendito virus está emparentado con el del VIH, ataca al hígado con devorador entusiasmo y sin que nada sino tu sistema inmunológico se interponga entre él y tú, pues ni había medicinas para curarla ni doctores capaces de algo más que de dilucidar con qué letra mayúscula iban a apellidar a la Hepatitis. Hay tres rutas posibles cuando el virusillo de la Hepatitis C te agarra: Uno, se te vuelve crónica – cosa que a mí ya no me pasaría, pues me dio la aguda. Dos, evoluciona hacia la cirrosis, el cáncer al hígado, y eventualmente te mueres. O tres, te curas “espontáneamente”. Todo se resume a una carrera entre el maldito bicho y tu sistema inmunológico, a ver si el uno consigue fabricar los anticuerpos antes que el otro te haga paté el hígado. Si tu organismo no resiste ese Le Mans, fuiste. Los médicos aquí eran tan útiles como las plantas ornamentales, y lo único que pueden hacer es firmar el certificado de defunción y darle palmaditas en la espalda a la viuda inconsolable. Antes que mi organismo decidiera ganar esta mortal carrera, perdí 30 kilos de peso y al final me dejó con un poco de piel ajada para envolver mis huesos. Créanme que entonces ganarle a la Hepatitis “ni A ni B” no era moco de pavo, entraba en juego mucho de eso que llaman voluntad de curación, que de seguro afecta el desempeño del sistema inmunológico. Al tercer mes pasé por una profunda depresión, producida por estar convencido de que si alguna vez salía de esa habitación, lo haría con los pies por delante. Y una de las cosas que me ayudó a superarla fue tener a disposición las decenas de libros de la colección Salvat, que me dieron algo más en qué pensar que en el posible diseño de mi ataúd, y además me distraían del espectacular rasca-rasca que la ictericia produce. Puestos al alcance de una persona con cultura general y con forzado tiempo de sobra para leer, me los devoré. El hecho lirondo es que si estoy aquí escribiendo estas líneas es porque estoy vivo - por lo menos eso creo - para mi propia confusión y la de mis enemigos.

Poseo hasta hoy los cien volúmenes de la Biblioteca Científica SALVAT, todos de autores reconocidos, todos magníficamente bien escritos, y algunos verdaderos clásicos de la Divulgación Científica e incluso de la Ciencia. Un clásico científico no significa que sea lo último en Ciencia, más aún en esta época de investigación constante y creciente, pero sí es de gran importancia como punto de partida si quieres saber algo del tema. Me permito reseñar algunos de ellos. Gorilas en la Niebla – 13 años viviendo entre los gorilas, de Dian Fossey (Volumen 2), probablemente es el único libro de carácter científico en el mundo que se ha llevado a la pantalla grande, protagonizada por Sigourney Weaver. La película comparte con el libro apenas el título y algo de la peripecia de Dian Fossey. Probablemente jamás se hubiera filmado si no fuera por la muerte violenta de Dian, asesinada por los cazadores furtivos que ella tanto detestaba y que militantemente trató de detener. Es fácil de leer, y muy interesante. Cuenta con algunas fotografías que claramente inspiraron algunas de las escenas más conmovedoras de la película, como cuando Dian consigue tras ímprobos esfuerzos tomar de la mano a un Gorila. Otro clásico es La evolución de la Física, de Albert Einstein y Leopold Infeld (Volumen 24). El nombre Einstein está asociado a explicaciones abstrusas y asusta un poco, pero el libro fue pensado como explicación sencilla de la Física. Posee la virtud de explicar la Teoría de la Relatividad, situándola en el contexto del que proviene: La Física newtoniana clásica, así que es bastante más accesible de lo que parece. Doce pequeños huéspedes – Vida y costumbres de unas criaturas insoportables, de Karl von Frisch, Premio Nobel, es un encantador librito que narra la vida, costumbres, adaptaciones y modos más adecuados de exterminar a esa docena de bichos tan simpaticones que son la mosca, el mosquito, la pulga, la chinche, el piojo, la cucaracha, la hormiga, el lepisma, la araña, la garrapata, la polilla y el pulgón. Una plausible teoría sobre la evolución del comportamiento de los animales y el hombre es explicada en El Gen Egoísta – Las bases biológicas de nuestra conducta, de Richard Dawkins (Volumen 9), que en su momento levantó harto polvo, y que en la actualidad lo sigue levantando. Conceptos como la inmortalidad de los genes que sobreviven a la selección natural, y el hecho que nosotros, con todas nuestras ínfulas antrópicas no seamos más importantes para los genes que las vacas para las tenias, son escandalosos y dañan nuestra autoestima. No resisto la tentación de citarlo: “… el título de este libro (debió ser) El levemente egoísta gran trozo de cromosoma y el aún más egoísta pequeño trozo de cromosoma. (…) éste no es un título muy fascinante ni fácil de recordar, de tal manera que opté por definir el gen como un pequeño trozo de cromosoma que, potencialmente, permanece por muchas generaciones, y titulé el libro El gen egoísta.”(Pg.´46-47). En la senda de Gorilas en la Niebla, Jane Goodall escribe En la senda del Hombre – Vida y costumbres de los chimpancés (Volumen 23). Como sabemos, los grandes antropoides en acelerada extinción son nuestros parientes genéticos más cercanos, y parece que tenemos más en común con el agresivo y antipático chimpancé que con el pacífico y agradable Gorila, y lo sabemos gracias a las investigaciones de Goodall, la que por cierto, comparte con Dawkins y otros la calidad de gurú científico.

III
Más sobre la Biblioteca Científica

Continúo con otros clásicos científicos o de divulgación científica. Pocos libros he disfrutado tanto como La Lógica de lo Viviente del nobel François Jacob (Volumen 47), y eso que no es de lectura fácil, pues es lo que solemos llamar denso, es decir, cargado de ideas y conceptos. Sin embargo, como ocurre con aquello que nos da más trabajo, pero que conseguimos superar, llegar a entenderlo es una gran satisfacción. Lo interesante es que explica genialmente algo que por lo general no se explica: Cómo pensaban la Biología las diferentes épocas, cómo la poderosa dinámica histórica de los relatos y metarrelatos de una época determinan el curso de la investigación científica. Jacob es un materialista duro, rechaza los azares y las visiones ideales, y se inclina por las grandes tendencias. En Historia estamos tan acostumbrados a que nos hablen de mitología o conquistas políticas y militares, que se nos olvidan las ideas preponderantes y las determinaciones económicas y sociales de una época. Creemos en suma que los griegos clásicos o los renacentistas eran tipos que pensaban como nosotros. Este libro me abrió una perspectiva de la Historia de la Ciencia completamente diferente a la común y silvestre. No podemos pasar por alto el clásico La Doble Hélice, de James Watson (Volumen 85), best-seller internacional publicado originalmente en 1968, que narra en primera persona el proceso de la comprensión de la naturaleza del ácido desoxirribonucleico (DNA, o ADN). La idea preponderante del altruismo científico es hecha trizas en este libro, donde descubrimos que los tales son gentes tan iguales como el resto de la indiada, con sus petulancias, mezquindades, tonterías y luchas por la precedencia, tan iguales como las que puede haber entre los empleados de una peluquería o los socios de un club de golf. Se entera uno sobre qué es tener éxito en Ciencia. En el estudio del comportamiento animal y humano la colección cuenta con tres grandes clásicos más: Naturalistas curiosos, de Niko Tinbergen (Volumen 19); y Guerra y Paz, y Amor y Odio, de Irenäus Eibl-Eifesteldt (Volúmenes 69 y 63).  El primero es una narrativa de cómo Tinbergen, Konrad Lorenz y otros alcanzaron una mayor comprensión del comportamiento de los animales en su ambiente natural. Los otros dos echan harta leña al fuego de la discusión entre genética y medio ambiente, continuando el proceso iniciado por Darwin, Wallace y otros de destronamiento evolutivo del ser humano. Vaya hombre, somos básicamente iguales a los animales, lo que en realidad no es tan difícil de captar, pero la verdad es que nos creemos lo máximo y no tenemos grandes motivos para ello. 

Que los científicos escriban sobre Ciencia mirando al común de las gentes es conveniente para ellos y conveniente para la indiada. Hacen su parte en la labor de alfabetizar en ciencia, y menos mal no están solos. En la Biblioteca Científica está la Academia Norteamericana de Ciencias, con su Física Nuclear, un Estado del Arte al año 1985 de cómo andaban los conocimientos sobre el tema (Volumen 96); así como la Organización Mundial de la Salud (OMS), que con la FAO edita Los Alimentos y la Salud (Volumen 79). A este volumen le debo haberme sacudido los pajaritos de la cabeza respecto a los temas de Nutrición y Alimentación. La razón es sencilla, es obvio que las toneladas de información contradictoria e inútil que la web y los medios de comunicación presentan sobre nutrición y alimentación son más reflejo de los intereses de los oligopolios y transnacionales de la medicina y la nutrición, que de una visión equilibrada sobre el tema centrada en el Bienestar de las personas. OMS/FAO se constituye como una voz autorizada alejada de los grandes intereses, o por lo menos no tan a sueldo de los interesados en vender sus productos. Aparte de científicos e instituciones, entre los autores hay periodistas y otros especialistas expertos en divulgación científica. Considerando lo increíblemente ignorantes que somos en nuestro medio sobre éstos temas, es magnífico encontrar periodistas que emplean sus habilidades en despojar a la Ciencia de su hermetismo. Entre ellos consideremos a Martin Gardner, autor de Izquierda y Derecha en el Cosmos (Volumen 14), El Escarabajo Sagrado (Volúmenes 41 y 42), La explosión de la relatividad (Volumen 45) y Miscelánea Matemática (Volumen 49); a John Gribbin, autor de En busca del gato de Schrödinger (Volumen 20), Génesis (Volumen48), La Tierra en Movimiento (Volumen 50) y El Clima Futuro (Volumen 58); a Paul Davies, autor de Superfuerza (Volumen 4), La Frontera del Infinito (Volumen 12), Otros Mundos (Volumen 28), El Universo accidental (Volumen 56) y En busca de las ondas de gravitación (Volumen 84); a James Trefill, autor de De los átomos a los Quarks (Volumen 8), El momento de la creación (Volumen 31), y El panorama inesperado (Volumen 39). Es difícil dar cuenta de tanto buen autor y título, hay en esta Colección pocos libros de relleno, y hasta esos son interesantes. Así que algo bueno surgió de la Hepatitis C: La reflexión sobre cómo era posible que hubiera vivido hasta entonces sin entender por lo menos en algo el mundo que me rodea. Me enteré así del enorme tamaño de mi ignorancia. Ví que leer libros de divulgación científica no es estudiar una disciplina científica. Adquirí así un nuevo respeto por la Ciencia y la Tecnología, en especial gracias a los Filósofos y Pensadores incluidos también en la colección, tales como Gerald Feinberg, el genial Arthur Koestler o el Psicólogo B. F. Skinner, que me abrieron nuevas rutas de pensamiento. Le tomé gusto a las ciencias duras, lo que a veces me hace caerles pesado a mis amigos y otras gentes. Ese fue el resultado de algunos meses en cama en compañía de esa magnífica y hoy desfasada colección, pues el tiempo pasa y la ciencia avanza con enorme rapidez en estos días. Mi curiosidad por la ciencia obtuvo nuevo impulso, y he de decir que es parte importante de mi felicidad personal el entender algo del Universo en el que me ha tocado pasar mi vida.

IV
Más, más y más sobre Ciencia y Tecnología

En Ciencia y Tecnología, como en todo, no puede uno detenerse. Si no te pones al día, te quedas y te anquilosas, más aún en una actividad con tanto de innovación e investigación. El primer riesgo que el apasionado de la Ciencia corre es la increíble amplitud de la data involucrada. Otro igualmente desagradable es que se te pierda el método, te creas el cuento de la auctoritas, y empieces a tratar la Ciencia y la Tecnología como si fueran Religión o Filosofía; o peor aún, Astrología o Metafísica ingenua. La pequeña sabiduría siempre, siempre, siempre, siempre es peligrosa. Y otro riesgo más es el aislamiento, el individualismo, el regodearse solito en el asunto que solo te lleva a una estúpida pedantería intelectual, a creértela, más aún en nuestro medio ambiente donde ser tuerto en tierra de ciegos suele rendir réditos. Contra estos riesgos encuentro que lo más aconsejable es colarse a lo bruto en el mainstream (“corriente principal”), en los trends (“tendencias”) de actualidad. Y eso, en primer lugar, implica que tarde o temprano deberás decidirte a concentrar tu atención y tu tiempo, porque no puedes hacerlo todo, y ni lo intentes, es muy frustrante. Céntrate en dos, máximo tres temas de los más cercanos a tu interés, tu actividad, tu necesidad y/o tu pasión. Y mientras más puedas empatar esas cuatro cosas, mejor todavía. Date todo el tiempo que necesites para administrarte. En segundo lugar, maximiza tu tiempo, por más poco de él que dispongas. Yo, como docente, encontré tema de especialización en las funciones cognitivas de la Lectura y en la Biología del Aprendizaje, temas en los que sigo investigando por mi cuenta, montado en mi labor docente, en mi curiosidad, en mi pasión por conocer y en el fabuloso y extraordinario instrumento que es la Internet, que te permite si no estar al día, cuando menos saber qué se está haciendo en esas áreas que te fascinan. Suscríbete a revistas científicas de especialidad, es plata bien gastada, y si no tienes plata, pues hay informativos gratis. Como condición heurística obligatoria, tendrás que alcanzar competencia en la lectura en Idioma Inglés. Si esperas a que te traduzcan lo importante vas frito, compañero. Por cierto, gracias a esto mejoré tanto mis competencias que, sin haber seguido sino circunstancialmente cursos de inglés, alcancé inmersión y competencias suficientes para ganarme la vida, entre otras cosas, traduciendo del inglés al español textos de Ciencia y Tecnología.

Por supuesto, me sigue gustando la Astronomía, pasión de décadas, y hoy en día la tengo empatada con mi gusto por la Historia. La Arqueoastronomía es una disciplina en la que me estoy metiendo a la mala, montado en el simple hecho que a diferencia de muchos arqueólogos, indudablemente competentes en su área, entiendo cómo funcionan los objetos del firmamento, aunque siempre se puede aprender más. Me estoy leyendo el librote de Tom Zuidema, El calendario Inca, y aunque el hombre para redactar es la muerte, con mucho esfuerzo lo voy entendiendo un poco más cada vez. Si bien los artículos sobre Ciencia son interesantes y te ponen al día, no basta con ellos, hay que tratar de seguir leyendo libros de Ciencia, so pena que se te difumine tu habilidad adquirida. Así pasa con la Lectura, la función hace al órgano. Me pasó que tuve la suerte y la desgracia combinadas de acceder de chico a un texto universitario de Astronomía, Introducción a la Astronomía, de Cecilia Payne-Gaposchkin. Por desgracia, este libro me fue impuesto para participar de mocoso en uno de esos detestables concursos que premiaban con dinero la memoria eidética - disfrazada de  “erudición” - de jovencitos que por su leer sabían algo más que el resto sobre Genghis Khan, Astronomía o la Segunda Guerra Mundial. Por suerte, este libro me dejó sembrado el convencimiento de lo mucho que hay por aprender, y con los años se convirtió en una fuente de consulta importante. Además, cada capítulo estaba presidido por citas literarias procedentes de Esquilo, Safo, Shakespeare, Milton, Dante, Tennyson, Browning, Spenser y otros afamados narradores y poetas. Si no lo han notado, he copiado esta característica en los artículos de mi blog. Entre otros libros sobre Ciencia que he leído en estos años, quizá los más interesantes son Historia del Tiempo – Del big bang a los agujeros negros, de Stephen Hawking, best-seller probablemente entendido por mucho menos gente que la que lo compró, pero que yo, gracias a mis lecturas previas, pude captar más o menso. Un libro hermoso en su complejidad y que amplió mucho mis horizontes sobre la Biología del Aprendizaje: Biología Celular y Molecular, del argentino Eduardo De Robertis, que mi amigo el eximio profe de Ciencias Atilio Florencio (a) “Viceministro” siempre miró con envidia y estuvo al borde de birlármelo muy amistosamente. El azar y la necesidad, de Jacques Monod, es un clásico sobre la Filosofía de la Biología, y lectura obligada si quieres realmente reflexionar sobre lo que es y hace la ciencia. Matt Ridley escribe un best-seller de gran factura y muy detallado, Genoma, dedicado al extraordinario logro del desciframiento de la estructura genética del genoma humano, y adecuada introducción para entenderlo para los que no somos biólogos o especialistas, e importante fuente para apreciar sus consecuencias.

V
Colofón

Que el ciudadano promedio comprenda en algo la Ciencia y la Tecnología que afectan su vida cotidiana es imperativo, so pena de caer en la demagogia. Incluso para nosotros, tan alejados de los centros del saber científico, temas como el de los impactos ambientales de la Minería o de los Transgénicos, se nos vuelven política diaria. Estoy plenamente seguro que si nuestros políticos y clases dominantes se hubieran preocupado algo más de educar al pueblo, y algo menos de llenar sus propias arcas, la situación actual pintaría diferente.
No pretendo que los libros reseñados sean ni los únicos ni los más importantes. Fueron y son importantes a mí, coincidieron con circunstancias vitales importantes, y no es que sean necesariamente los mejores o más importantes en su área, sino simplemente los más cercanos a mis sentimientos y emociones, que me acompañan desde siempre y lo seguirán haciendo hasta que llegue la que deshace las reuniones. Creo que lo importante acá es el proceso de la pasión, más que los títulos mismos, aunque no hay libro reseñado que no tenga su valor intrínseco. Quizá por ello no he enfatizado lo suficiente lo importante de alfabetizarse y “literasizarse” (como diablos se escribirá eso) en Ciencia y Tecnología. En todo caso, cuando de ciencia se trate, lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. Pero lee. 


CRÓNICAS DE LECTURAS - Ocho

Una Historia de Dos Ciudades

I
De Libros, Soledades y Hoteles

No, el título no es una reseña de la obra de Charles Dickens, que además no podría reseñar pues no la he leído. En realidad quisiera referirme a una experiencia que, en lo que a la lectura se refiere, presenta algún interés. ¿Qué le pasa a alguien cuando llega a un lugar donde no hay libros para leer? Eso, aunque no lo crean mis amables lectores, pasa en nuestro país. Y es que uno no lo nota porque por lo general si uno es lector, lleva consigo sus cachivaches y es autosuficiente y autárquico en sus capacidades lectoras, y no se percata de cómo anda el entorno en cuanto a libros, salvo que vaya a ello o que sea fijón. No mencionaré el nombre de estas dos ciudades, porque como que las comparaciones son odiosas y mejor no chocar con Chocano, que me han dicho es un tipo desagradable y de pocas pulgas. Pero puedo decir que no es Cusco, ciudad en donde saqué Carné de Biblioteca de lector allá por 1980, y a cuya esforzada Biblioteca todavía le debo un libro, que por ahí en mis libreros anda. Espero que ahora, 31 años después, no se les dé por cobrármelo. Si amenazan con ello, lo devuelvo … . En fin, que la cosa fue más o menos así: Trabajaba a la sazón este humilde servidor en la Empresa Nacional de Turismo ENTURPERU como Administrador de Hoteles, y como ocurría con todos los que andábamos en esa chamba, fui enviado a hacerme cargo de la Administración de uno de los treinta y tres Hoteles de Turistas repartidos a lo largo y ancho del territorio nacional, así que no se preocupen que no sabrán ustedes, mis muy estimados lectores, a cuál me refiero. Pero era lugar aislado por entonces, oh sí. Era tan aislado que podríamos describirlo así: Arena por ambos lados, mar al frente y montañas atrás. Y la pista, claro, serpiente ondulante recorrida diariamente por muchos vehículos, cuyos conductores y pasajeros constituían el grueso de mis clientes.

Un lector, como he dicho, anda apertrechado de libros. Por entonces andaba yo liado con dos colecciones, la de Historia Universal de la Revista Gente – revista por la que sentía limitadísimo interés, y que solamente adquiría por esos libros -, y la Biblioteca Científica Salvat, cuyos volúmenes – como los de la marquesa de Low Bridge de Les Luthiers – me apasionaban. Además de otros, claro. No era la primera ni sería la última vez que trabajaba lejos de mi residencia en Lima, y si algo pesó siempre en mi equipaje fueron los libros. Y es que el aislamiento en que puede vivir un fuereño, un casi extranjero, puede ser mortal, y si uno no tiene con qué licuar las horas muertas, seguro le irá mal. No era que hubiera tantas, por otra parte. El trabajo era duro y requería de presencia con mando y autoridad las veinticuatro horas del día y los 365 días (366 si es bisiesto) del año. Pero siempre están esos momentos detrás del counter o mostrador, o sentado en tu oficina, o metido en tu habitación, que por un momento te das cuenta de lo absolutamente aislado que estás. Y no es un tema cualquiera, por ahí suelen aparecer algunos desconocidos retorcimientos previos de la personalidad que si antes estaban más o menos contenidos, en esas circunstancias tienden a escaparse. Las consecuencias de tales fugas las he observado entre mis colegas – en especial los solteros – traducidas en diversos grados de alcoholismo. Yo en estas cosas soy, por fortuna, veterano, y he paseado mi humilde humanidad por regiones de nuestro país bastante remotas y despobladas, así que algo me lo sé ahora, y por entonces ya algo me lo sabía.

II
Aislamiento

Así que a trabajar se ha dicho, y a leer cuando no tenía nada mejor que hacer, lo que no ocurría con demasiada frecuencia. Cada cierto tiempo viajaba a Lima o a ciudades cercanas por motivos de trabajo, y como esa época no es la de hoy, cada viaje parecía una expedición a las Indias Orientales Holandesas. Como estaría de aislado que la única manera de comunicarme con rapidez era a través del telégrafo. Sí, leyeron bien, telégrafo. Entre mi central y yo circulábase gran cantidad de telegramas, y de esta manera lo que hablábamos era conocido de todo el pueblo ni bien el mensaje salía o llegaba, y es que el servicio nacional de telégrafos estaba lleno de chismosos. Sospecho que fue así desde los tiempos de Samuel Morse. Imagino que a mis lectores más jóvenes esto debe parecerles contemporáneo de Caral, y es que efectivamente nuestro país estaba por entonces muy aislado tanto en transportes como en comunicaciones. Tuvo que llegar Telefónica de España en los ´90 – con sus más y con sus menos -, para que acá nos enteráramos de qué significa estar interconectados. La Internet simplemente no existía. Estoy seguro que no me creerán si cuento que a mí me cuadraron bien feo cuando propuse computarizar un Hotel, y casi me botan por tener razón demasiado pronto. En todo caso, eso pasó después, y quizá lo cuente con mayor detalle en otra ocasión.

En esta ciudad a la que me refiero, un teléfono era por lo tanto cosa del mayor exotismo. Y para remate soy un “gringo”, esos son mis genes, si a alguien no le gusta peléese con mi papá y mi mamá. Un “gringo”, por más patriota peruano y por más mozambique, huanca o matsiguenga que se sienta, era para los habitantes del pueblo primero “gringo” que humano, y estaba por ende marcado por la histórica desconfianza del respetable. No los culpo, considerando lo que la gringada española le hizo a estas tierras y sus gentes. Así que esto del aislamiento marcaba fuerte en esta ciudad católica, tradicionalista, chismosa y cerrada sobre sí misma. Añadamos que por alguna razón técnica que jamás comprendí, el acceso a la Televisión estaba limitado por razones de carácter orográfico, e implicaba el empleo de antenas que, otra vez por razones para mí completamente abstrusas, solo permitía el disfrute de la pantalla chica a una media docena de familias, y me quedo largo. Había un Cine y solamente uno, de esos con sillas de madera y sábana cosida por ecran, que pasaba viejas películas sobre la Pasión de Cristo en Semana Santa. No sabría decir si eso de no tener casi Cine ni Televisión fuera para el pueblo una ventaja o desventaja. Simplemente eran artilugios tan exóticos como el teléfono. Por otra parte, a ningún viajero se le ocurría, como hoy, que había de disponer de Cable en las habitaciones del Hotel, y para las tres estrellas que tenía, bastaba en general que las habitaciones estuvieran ordenadas y limpias. A tales extremos llegaba el aislamiento en aquellos no demasiado remotos días. 

III
¿Ciudad chica o pueblo grande?

Como ya he contado, cada cierto tiempo me desplazaba a otras partes. Quiere la suerte – o la caprichosa distribución de las aguas de los ríos en nuestra costa – que a unas decenas de kilómetros al norte hubiera otra ciudad, a la que tenía que ir para hacer trámites que en donde yo vivía y trabajaba no se podían hacer, así que debía dirigirme a este lugar para cumplimentar algunos de mis deberes administrativos. La primera vez que fui quedé impresionado no tanto por la ciudad, que era pequeña, sino por las diferencias que observaba en relación con el pueblo donde estaba destacado. Debo decir que esta ciudad era mucho más pujante y estaba claramente mejor administrada. Yo ya tenía ciertas personales prevenciones contra el pueblo al que la suerte me había conducido, adquiridas por la atenta observación y las malas experiencias. Ya he dicho que las comparaciones son odiosas, pero en esta Historia de Dos Ciudades, consideraba el lugar adonde me dirigía como la “ciudad chica”, en tanto que consideraba el de mi procedencia como un “pueblo grande”. La principal diferencia que para mí marcaba tal diferencia entre Pueblo y Ciudad tenía precisamente que ver con los libros. Esta ciudad chica poseía un edificio bastante bien cuidado con un letrero que decía “Biblioteca Pública”, y de donde yo venía no había ni el edificio, ni el cuidado ni el letrero. Pues sí, señoras y señores, una cabeza de provincia sin Biblioteca Pública, edificación cuya necesidad no parecían haber percibido los por otra parte bastante normales, chambeadores y muchas veces simpáticos agricultores, pescadores y comerciantes del pueblo grande y adormilado donde se había construido el Hotel donde laboraba.

Fue ahí que empecé a reflexionar acerca de lo que la gente es respecto de la lectura. Lo cierto es que mis eventuales coterráneos no leían ni sentían necesidad alguna de leer. Esto no puede atribuirse a la falta de ganas, si hemos de ser justos; sino a la mucho más prosaica razón de que para leer necesitas libros. Y como libros no tenían, limitaban sus costumbres lectoras a los periódicos, que aparecían en esas ediciones “de provincia”, caracterizadas precisamente por tener menor cantidad de material de lectura. Conversé con los profesores del lugar al respecto, y me encontré con lo normal: quejas generalizadas y solicitudes de apoyo. Esta actitud no es nada rara en las provincias de la República Perulera. Yo era un triste administrador de Hotel varado en un pueblito soleado y aburridísimo, aunque estoy seguro que mis contertulios de entonces creerían que mi biotipo me hacía capaz de obtener todo lo que solicitaran, un tanto a la manera que el encomendero o corregidor de la Colonia debió parecerles a los mitayos que tuvieron la muy mala suerte de tratarlos. Como no nací ayer, sino antes de ayer, me daba cuenta que si les facilitaba mis propios libros lo más probable sería que no volviera a verlos, y mi camote con ellos me impedía compartirlos. No quiero describir la situación en los pueblitos de agricultores del interior, que dependían de esta cabeza de provincia. Como decena y media de años después retorné para hacer un diagnóstico educativo in situ, y los resultados no fueron nada halagadores. Pero ese es otro tema.

IV
Delirium Tremens

En uno de mis viajes desde Lima de retorno al pueblo donde estaba mi Hotel pagué uno de los muchos noviciados que he pagado en la vida. Me robaron todo mi equipaje, que incluía no solamente los papeles del Hotel, cosa grave, sino los libros que me llevaba a leer, cosa gravísima. Incluso hoy puedo decir qué libros me robaron, pero de los papeles, ni me acuerdo. A la ida había retornado a mi residencia en la capital decenas de libros leídos, releídos y subrayados; y los que me habían robado eran libros cuidadosamente elegidos para estructurar un cuerpo de lectura homogéneo. Ahora me encontraba con que debía viajar sin alimento para el alma. No quiero recordar las circunstancias del robo, porque todavía tengo algo de autoestima y no me parece eso de mostrar mis intimidades en público, pero en honor a la verdad debo confesar que quedé bastante en ridículo. En todo caso no me quedó más que poner cara de circunstancias, tratar de llevar la fiesta en paz, y proseguir el obligado periplo. Si alguna vez vuelvo a verle la cara al desgraciado que me asaltó … mejor no digo. En fin, llegué al pueblo sin nada. Al principio, abocado como estaba al trabajo como que mucho no sentí la pegada. Pero poco tiempo después ya estaba mostrando los conocidos síntomas del síndrome de abstinencia y el delirium tremens.

He hablado ya de las indeseables consecuencias del aislamiento, pero no terminé como el alcohólico que va de cantina en cantina gorreando un trago. En mi caso fue bastante peor. Desempedraba las calles de la ciudad buscando un libro qué leer. Juro y prometo que esta es la pura verdad. Pregunté a mis conocidos si tenían algún libro que me pudieran facilitar, y la mayoría no los tenía, excepto cierta vieja literatura de autoayuda. La leí, para mi vergüenza. Los trabajadores del Hotel fueron convocados uno por uno a mi oficina no para llamarles la atención o felicitarles por su desempeño, sino para ver si me podían facilitar algún material de lectura. Fui a la Parroquia, regida por desconfiados sacerdotes irlandeses, para ver si me podían proporcionar una Biblia, la que me prestaron a beneficio de intercambio y con absoluto descreimiento de que aquella indudablemente sana lectura contribuyera en algo a mi salud espiritual. Los profes de Historia de la zona me prestaron sus Pons Muzzo, famoso texto de Historia que yo ya había recontraleído, pero que no hace daño leer otra vez. Recorría los mercados los días domingos y alquilaba comics – que llamamos chistes, los que devoraba en minutos ante la vista atónita de los chicos a los que les cambiaba – les arrebataba – los suyos. Costaba unos centavitos el alquiler, recuerdo, y recluté como una docena de chicos para poder capturar todo lo que hubiera de Batman y Linterna Verde, mis superhéroes favoritos. Estaba a esas alturas en el nivel del fumador empedernido con delirium tremens que recoge del suelo puchitos aplastados para armarse su  atadito. Pero aún en medio de la desesperanza brilla la salvación en los sitios más inesperados. Una tarde de domingo particularmente ingrata, desierta, soleada y aburrida, recorría las calles tratando de soportar el delirium tremens intelectual, y miraba por las ventanas hacia el interior de las casas. De hecho caminaba por una de las mejores calles del lugar, asfaltada, con alcantarillas y todo eso. Y de repente, y sin aviso, vi la luz. Ahí, a través de la ventana, se la veía: reluciente, nueva – nadie la había abierto todavía, fungía más bien de adorno – bella, hermosa, atrayente, curvilínea, maravillosa, extraordinaria, sexy, perfecta. Era una Enciclopedia de Historia, completita, agraciada, de siete grandes tomos no manchados aún por la atención humana, ni mancillados por operación lectora alguna. Juro que me hacía ojitos y me murmuraba sensualmente “Léeme”. Ni corto ni perezoso, y más bien sí algo excitado, toqué la puerta, tal vez con excesivo entusiasmo. Una damita joven la entreabrió, pregunté por los dueños de casa. Al ver mi cara de extraviado y mis ojos desorbitados, cerró la puerta tras de sí, y no la culpo. Apareció entonces el padre de familia, que me reconoció inmediatamente (pueblo chico, infierno grande), le expliqué sucintamente el problema, y accedió a prestarme uno por uno los libros para leer, a cambio de una invitación a tomar unas chelas, con la que cumplí. 

V
Colofón

Así salvé mi integridad intelectual y no caí en las garras del alcoholismo. Debo decir además que esta lectura resultó notoriamente provechosa no solamente desde la perspectiva de la conservación de cierta sanidad psicológica, sino de mi conocimiento sobre la Temprana Edad Media, en especial la parte de la Invasión de los Bárbaros, que desde entonces jamás he podido borrar de mi memoria, con fechas y todo, vaya trucos que juega la memoria. Por otra parte, las cosas pueden cambiar para mejor, porque este pueblo grande que presenció mi delirium tremens es posible que haya aprendido algo de él, y terminó por imitar a la ciudad chica. Hoy en día esta ciudad goza de los servicios de una Biblioteca Pública que según tengo entendido es entusiastamente gestionada por un grupo de bravos muchachos del lugar, que no se han resignado al analfabetismo y la ignorancia ni para ellos mismos ni para su pueblo. Bien por los jóvenes. Hasta el próximo Sábado, hasta la próxima oportunidad, o hasta la vista baby, lo que ocurra primero. Lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. No te arrepentirás. Y cuídate del Delirium Tremens.


CRÓNICAS DE LECTURAS – Nueve

Leer en el contexto del Bullying
I
De colegios, nerds y matonería - bullying

Cuando yo estaba en el colegio – estuve en dos – leer no era demasiado importante. Se pasaba por agua tibia los cursos sin necesidad de leer ni el calendario, pues era suficiente repetir lo que el profe decía en clase y lo que había en el texto. Eso de PISA, de la emergencia educativa, de la crisis del sistema, del plan lector, no le preocupaba absolutamente nada a absolutamente nadie. Pocos percibían el problema en marcha, y por eso hoy en día tantos creen que la educación de antes era “mejor”, y la verdad, no creo que lo fuera para nada. Los problemas de ahora ya estaban ahí, simplemente no se notaban. La Educación era cosa de élites, algunas con más visión se la tomaban en serio; mientras que la mayoría no, pues para lo que se requería no contaba tanto. Si tú eras el hijo del Jefe, tú serías el Jefe, y ya. Y en ese caso qué importaba si en el colegio aprendías algo o no, pues para eso había la Universidad, y en ocasiones ni siquiera. Como dice el viejo versito, se interesaban en el asunto tanto “cómo el aristócrata ruso / en el primer calzón de raso / que se puso”. No era el aprendizaje de los cursos sino el de la ubicación social lo que realmente contaba. El aprendizaje central era el de tu ubicación en la sociedad, y el principal instrumento educativo era el de la matonería – bullying. Hoy vemos lo difícil es cambiar esa realidad, porque el bullying estaba y está instalado en la cultura educativa nacional desde siglos (La letra con sangre entra se decía desde el Virreinato, y he oído a padres, profes y hasta sacerdotes repetirlo con unción y nostalgia). Desde siempre los alumnos más sabihondos – en verdad los dotados de buena memoria – han sido objeto de acoso. Y poseer memoria / erudición era ser “inteligente”. Así estaba la cosa, y pese a toda el agua que ha pasado bajo el puente, poco ha cambiado y la cosa sigue ahí. Tal vez la principal diferencia entre entonces y ahora es que éramos más sonsos y vivíamos un feliz aislamiento que permitía mirarnos satisfechos el ombligo. Cuando no te comparas con nadie, puedes creerte que lo estás haciendo bien, eso hasta que llega la dura realidad y te das cuenta con cuánto entusiasmo lo que estabas haciendo lo hacías fuera del recipiente. Así nos enteramos que estábamos en crisis, lo que no fue tan malo, pues nos metió un sentimiento de urgencia y ganas de cambiar las cosas. 

Ser el nerd del salón de clase sin tener verdadera vocación para ello no fue agradable, por más que en mis tiempos eso implicaba juntarte con los tipos más leídos y escribidos del ídem. Además si no te juntabas con ellos quedabas solo como un hongo, y así los bacanes se juntaban con los bacanes y los nerds con los nerds. Ser nerd implicaba que en el mundillo del salón eras una bestia en las actividades que sí importaban a tus pares: El fútbol, el recreo, el fastidiar a los profesores - que llamo contra-bullying. Si leías y/o eras estudioso (“chancón”) y sacabas buenas notas, te aislabas de tus pares, pero servía con los otros grupos de la institución escolar: Profes, padres y/o autoridades, y tu estatus mejoraba algo aunque tus pares eventualmente te acusaran de soplonaje. A no ser que procedieras a un reajuste de tus actitudes sociales y aprendieras a jugar fútbol y jorobar profes, tus relaciones se reducían drásticamente. Compañeros tuve cuya vida escolar era dramática e imposible. Los matones (bullyes) lo son porque así se ubican como “superiores” en una jerarquía implícita entre los “pares”, que a mi entender refleja por mímesis el orden institucional y social. Podemos acudir al viejo símil del gallinero: La gallina A picotea a todas, la gallina B a todas menos la A, y así sucesivamente hasta la pobre gallina Z que no picotea a nadie y es picoteada y acosada por todas. La estabilidad del sistema se mide en la relación entre la amenaza de violencia y su empleo real. La matonería – bullying se da a la sombra de las consignas de la autoridad institucional a través de los conocidos mecanismos del currículum oculto o latente. La llegada de un alumno nuevo, por ejemplo, introduce un cuerpo extraño que cambia el orden establecido, y se reconfigura la estructura jerárquica en el gallinero-aula, probando al nuevo y ubicándolo en la jerarquía; esto en cuanto al grupo de pares. Por encima y por debajo de los pares hay otros grupos y otras super o subjerarquías: Los alumnos de años superiores, más grandes y fuertes por definición, que solían abusar de los más pequeños, y en casos extremos – más de los que creemos – incluso sexualmente; los profesores estaban por definición arriba en la jerarquía, pero esto se relativizaba cuando no sabían o no podían ejercer autoridad en el salón de clase. Así la jerarquía misma era subvertida a través del contra-bullying, es decir cuando los alumnos le jorobaban la vida a los profesores percibidos como más débiles de carácter. Por encima de todos, las Autoridades del plantel detentaban el último Poder: El de admitir o excluir de la Institución a los más levantiscos o indisciplinados o débiles de carácter, sean alumnos o profesores. El currículum oculto establecía que los alumnos sean sumisos con la autoridad, y que los profes “se hagan respetar”, “controlen” su clase y “contengan” a sus alumnos. La iniciativa y la audacia de maestros y alumnos se sometían a la Autoridad, a costa de las habilidades intelectuales y sociales basadas en la autonomía, pues el orden jerárquico y la autoridad estaban primero en la escala de valores institucional.  

Por este aro pasaban los alumnos, y aunque algunos desarrollaban más autonomía y espíritu independiente, o tenían mayores habilidades individuales y sociales, la conciencia de los dobles estándares los subsumía en el sistema. Si los procesos de la adolescencia permitían a alguno alzarse con cierto liderazgo y remecer la estructura colándose por sus intersticios más débiles, captados intuitivamente y rara vez explícitos, terminaban igual por adaptarse al entorno. En ciertos colegios particulares que dependían de las pensiones para la supervivencia de la Institución y de los puestos de trabajo, los alumnos sabían que no los botarían, y se volvían “Intocables”. Los alumnos del último año en muchísimas Instituciones educativas sabían que habría que hacer algo realmente gordo para ser echados. Hasta dónde esta realidad ha cambiado y en qué extensión es una buena pregunta.

II
Más sobre bullying, Velasco, cambio de colegio, textos escolares

La jerarquía social escolar entiendo refleja los rasgos y composición de nuestra sociedad. En el cuento Paco Yunque del genial César Vallejo, Paco, objeto de acoso por el matón Humberto Grieve, dibuja lo que para él es la situación jerárquica establecida desde el acoso. Esta parte del cuento no se edita en las versiones escolares, nunca he entendido por qué. Recuerdo con gran nitidez el día que uno de nuestros profes – Pacheco o el Tigre Huertas, no sé bien quién, pero ambos sabían hacerse respetar sin violencia – nos leyó el cuento. No era común que un profesor nos leyera algo, y la atención del respetable público estudiantil fue fulminantemente absorbida por la trama, que mucho nos decía porque mucho nos involucraba. El final del cuento desconcertó a todos, pues nadie podía creer que un cuento terminara así, dejando indemne la situación de abuso, sin final feliz, sin nada a qué aferrarse. Preguntamos:  ¿Y cómo termina? Y el profe, con una mirada que era toda una declaración de principios: Ahí termina. A nosotros nos contaban por lo general narraciones y lecturas redondas, donde los buenos invariablemente merecen ganar y ganan, y los malos invariablemente merecen perder y pierden. Y eso se vende como “fomento de valores”, siendo de una simpleza escandalosa y de una irrealidad espeluznante. Jamás he podido estar de acuerdo en enseñar mentiras o edulcorar la realidad ético-moral. La semilla que Paco Yunque sembró tomó forma en mí y en muchos de mis compañeros posteriormente. Y en otros no, como siempre ocurre en este trabajo, porque el profe nunca sabe qué pasará con la semilla que echa, como en la parábola del Sembrador. Sólo la echas, ves qué pasa, y mañana echarás otras. Esto no lo comprenden los decisores políticos y los padres de familia. El aprendizaje es una actividad humana, y como dice el educador inglés Ken Robinson, es consecuencia de la Revolución Industrial: Una línea fabril de producción, donde metes por un extremo a niños “sin formar” y los sacas formateados por el otro extremo. Una visión más equilibrada compara la Educación más bien a la paciente labor del agricultor, que siembra, riega, abona y mueve la tierra, y observa todo el tiempo qué pasa con el clima y el entorno para reajustar sus acciones.

En una estructura educativa donde lo primordial es la introyección de la jerarquía establecida y el statu quo social, el aprendizaje de contenidos es secundario. Pero en aquellos días la realidad se entrometió en esta feliz arcadia con un remezón: El Gobierno y Reformas de Juan Velasco Alvarado. Pasó incluso que uno de mis parientes cercanos me llevó aparte y me explicó concienzudamente por qué la Reforma Agraria era mala, y Velasco el Diablo. La discusión política, a pesar de todos los esfuerzos, llegaba a los alumnos produciendo preguntas incómodas, que nos llevaban a usar de nuestras cabezas en una complicada, anárquica y espontánea autonomía. Oscuramente intuíamos que se ponía en cuestión todo lo instituido, y la clásica rebeldía adolescente se expresó, como siempre, en contradictorios rechazos y maximalismos de toda especie. En ese contexto fui cambiado de colegio en circunstancias poco felices, y una de las razones parecía ser que mi colegio, religioso y todo, era un antro de comunistas. Así que como quien dice tuve que empezar todo de nuevo, sin comunistas, creo. Y como yo antes leía mucho más y mucho mejor cuando lo hacía por mi cuenta exclusiva, en mi nuevo cole me encontré con que eso que había adquirido por mi cuenta resultaba ser muy apreciado por mis nuevos profes y por el Director – que por cierto llegó a Viceministro. Hasta entonces yo siempre había procrastinado la lectura escolar, pues ni la quería ni la necesitaba ni la usaba ni me inspiraba para nada. Mi rebelión adolescente empezó por no leer lo que era obligatorio leer. Tampoco importó mucho, no pasó nada académicamente. Con excepción del curso de Física, pasé el período por agua tibia, y a ritmo de entrenamiento aprobé con buenas notas, lo que me proporcionó muchas ventajas. Como lector identificado, los alumnos de años superiores me pedían les leyera sus textos obligatorios y les hiciera las tareas, así que aprendí economía comercializando mis conocimientos, cosa útil hasta hoy. En el Internado cobraba cinco soles de entonces a cada alumno que requiriera de mis servicios para resumir textos y llenar fichas. Además yo era el único usuario “espontáneo” de la Biblioteca escolar, y mi mejor lectura, lo recuerdo bien, fue la Historia de la Independencia Americana de Bartolomé Mitre, en varios tomos. Por cierto, qué narrador tan excelente. Ahora que el problema de los textos escolares está de moda, más que sea por sus precios, encuentro que nadie piensa hoy en la diferencia entre los viejos textos y los actuales: La interactividad. Los autores tratan, tratamos, que se hagan cosas con los textos. Los viejos y entrañables textos pueden provocar sentimentales suspiros de nostalgia, pero no eran interactivos, limitándose a echar listas de preguntas, a veces precedidas por un Cuadro Sinóptico – único y simbólico homenaje a la operación de las ideas. Estaban diseñados, como el resto del sistema, a imagen y semejanza de nuestra sociedad: autoritaria, repetitiva, memorística y unidireccional. Se puede decir que la matonería – bullying existía también a nivel de texto: Eran la Verdad, la Verdad se acepta, y si la discutes, jalado. La evaluación escolar puede ser también parte del estándar del bullying, cuando se destina más a sostener la jerarquía que a medir logros o reforzar aprendizaje. En otro momento trataremos de esto. No me parece extraño que el gran contestatario peruano, José Carlos Mariátegui, fuera un autodidacta libre del amaestramiento, que se ahorró sufrimientos innecesarios y viera así otras perspectivas en sus Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana, donde entiende la educación como problema político, económico y social, no pedagógico. Ni es extraño que José Antonio Encinas, el gran educador peruano, criticara con visión nuestro atrasado sistema en Un ensayo de escuela nueva en el Perú, de 1932. No me resisto a hacer una cita al azar de sus combativos y actuales puntos de vista: Hace algunos años visité una “Escuela Correccional”, que era prácticamente una Cárcel para menores. Esa escuela ha estado en manos de militares y de curas, menos en poder de educadores y de psiquiatras. (…) encontré como Director a un Teniente Coronel de Caballería, quien había impuesto un régimen militar. (…) Ninguno de los niños detenidos había sido objeto de un estudio psico-médico. Bastaba la línea antropométrica policial. (…) Era suficiente, para corregirles, el calabozo o la capilla. (op. Cit. Ed. Facsimilar CIDE, 1986, p. 183). Admito que me disgusta mucho percatarme que problemas vistos con tal claridad hace ya más de 80 años por Mariátegui y Encinas sigan como si tal cosa en nuestro sistema educativo.

III
El texto de Literatura de Cuarto Año, y el contra-bullying

Seguro he sido injusto con los viejos textos escolares. Hubo varios que me gustaron, como el de Historia del Perú de Gustavo Pons Muzzo. Los textos de Matemáticas de Rubén Romero Méndez presentaban orden y efectividad, y sus ejercicios, más mi profe de segundo de media, lograron que me gustaran las mates. Pero el que más me gustó fue el texto de Literatura de Cuarto de Media, de Rubén Barrenechea Núñez. Me lo leí de cabo a rabo con satisfacción íntima mucho antes de verle la cara al autor, que fue mi profe en Quinto. Pongámonos en contexto: Mi humilde persona y mis compañeros de la promo conformábamos un conjunto de vivaces cachafaces en algo semejantes a los Alegres Compañeros de Robin Hood en el Bosque de Sherwood, aunque otras percepciones tal vez más objetivas nos compararan mejor a una banda de Visigodos sueltos durante el saqueo de Roma. Es decir, un grupete al que el estar proscrito o fuera de la ley no incomodaba o producía el más mínimo atisbo de reflexión moral. Como grupo poseíamos rasgos hobbesianos, bakuninistas y libertarios. Vivíamos prestos a romper toda norma por el puro gusto de pasarla bien, ah qué tiempos. En cifras redondas, la banda de delincuentes juveniles en cuestión era el terror de los profesores, pues no solamente era alegremente vocinglera, capaz de extraordinarias cotas de chacota y astutamente transgresora, sino que además constituía una gestalt que manejaba un fulminante análisis psicográfico de personalidades combinado con el más absoluto de los nihilismos y el más acabado manual de tácticas para hacerle la vida imposible a los profes. Separados éramos muchachos más o menos comunes, ni mejores ni peores que otros, con virtudes y defectos. Juntos éramos las cabalgaduras que el Demonio empleaba para visitar sus dominios infernales más levantiscos. Contadísimos profes podían controlarnos, y demasiados salieron – cosa de la que hoy no siento orgullo – con la cabeza gacha, humillados por esta banda inmanejable en la que los más tranquilitos y chancones podían ser los peores. Saber que a los de quinto no los botan otorga ventaja en la secular guerra entre los alumnos y el sistema que los trata de doblegar. El grupo había alcanzado con los años y la práctica una sinergia que maximizaba al extremo los efectos de la chacota: Desde el nerd más nerd hasta el más bacán de los bacanes utilizaba corporativamente el máximo de sus habilidades para hacerle la vida imposible a los profes, formando lo que hoy llamaríamos un equipo multidisciplinario con eficiente y eficaz integración de habilidades diferentes. La matonería había desaparecido del grupo de pares, y dichas energías se redirigieron hacia el contra-bullying, que se convirtió así para nosotros en un arte, una ciencia, un hábito y un hobby.

No me atrevo a contar qué le hicimos a algunos profes. Estuve presente activamente, para mi vergüenza, en actos de grande e inconsciente crueldad. Después pensé mucho en ello y tomé decisiones. Sin embargo, con ciertos profes habíamos alcanzado la coexistencia pacífica, que no excluía la crítica o las chapas (apodos). En ciertos casos era por el poder que detentaban, en otros porque nos caían bien y/o sus clases tenían interés. El profesor de Literatura de Quinto, autor de nuestro texto, era un tipo curioso. No hablaba mucho, no se esforzaba por ser más que él mismo, y se notaba que se las había visto y dado chico y partido a guapos de toda calaña y salones muchísimo más complicados y difíciles que el nuestro. No me pregunten cómo lo sabíamos, ya hablé del aparato de análisis psicográfico fulminante que poseíamos. Lo sabíamos, punto. Por ende, no había contra-bullying. Dado mi oficio y experiencia, trato de encontrar cómo este profesor de Literatura, usuario de una muleta, bajito y portador de unos anteojos de carey ya entonces en desuso, se las podía ver con nosotros, controlarnos, contenernos y encima hacer bien su clase. Tras varias décadas de reflexión a algo llegué, a su actitud. En sus acciones había un absoluto y completo desprecio por los estudiantes. Por favor no me malentiendan, no digo que nos despreciara a nosotros, sino a los estudiantes, en el sentido que mucho después encontré en las Lecciones de Metafísica de José Ortega y Gasset. Los estudiantes son en realidad una tira de farsantes, sin ninguna sensación de identidad con los conocimientos que reciben, porque no sienten la más mínima necesidad de ellos, y por lo tanto se puede decir que son unos fantoches sin personalidad. Mi experiencia de estudiante corrobora este aserto, me temo. El desprecio del profe era impersonal, como el que se le podría acordar a una circunferencia o a un ladrillo, no tenía que ver con los chicos. Se veía que nos identificaba y trataba como seres humanos, no como estudiantes. Y cuando nos portábamos así, sentíamos como sus revoluciones bajaban y se le enfriaba el entusiasmo. Nadie se ofendía, nos manteníamos quietecitos, temerosos de incurrir no en su ira, de la que no éramos dignos, sino de su desprecio, mil veces peor. Ni hablábamos de ello ni lo entendíamos. La medida del respeto intelectual y temor reverencial que inspiraba su presencia se daba en que era el único profe sin apodo o sobrenombre. Y le decíamos de frente “Doctor”.

IV
La falsedad del estudiar, lo verdadero del aprender: Un profe y un texto

Tal es el Profesor, tal es el texto. Lo interesante en ambos, el texto escolar y el profesor-autor en la clase, era ese otro lado de ese orteguiano desprecio por el estudiante, que es el aprecio por el aprender y por el aprendiz. El profe y el texto eran apasionados, si bien dentro de sus límites. Parecía que mi profe no quería estudiantes en su clase, quería aprendices. Ello me dejó profunda huella, porque ni José Ortega y Gasset, ni el Profe Rubén Barrenechea, ni el profe Bellina quieren “estudiantes” en las aulas que tuvieron, tienen o tendrán a su cargo; quieren gentes con otra actitud vital frente al conocimiento. Para no caricaturizar ni caer en la injusticia, recurriré al propio Ortega y Gasset: El “estudiante” es un ser adocenado, aburrido, atrabiliario, a quien se le obliga a hacer algo falso, a fingir que siente una necesidad que no siente, que vive en el  vicio humano que consiste en fingir cuidado por lo que no nos da en rigor cuidado, en un falso preocuparse por cosas que no nos van en verdad a ocupar; porque ser estudiante es verse el hombre obligado a interesarse directamente por lo que no le interesa, y así El estudiante es una falsificación del hombre.  (Todas las cursivas son de Ortega y Gasset, José, Unas lecciones de metafísica, Alianza Editorial, 2da Edición, Madrid, 1968). Y si somos algo autónomos y tratamos de pensar con nuestras propias cabezas estas reflexiones nos llevarán a cuestionar el sentido de nuestras instituciones educativas, y por ende del sistema en su conjunto: escuelas, textos, maestros docentes, alumnos discentes, entorno, en suma el sentido general de lo que hacemos. Si tratamos a nuestros niños y jóvenes como simples “estudiantes”, en un contexto violento, matonesco y acosador, en buena cuenta los estamos falsificando por partida doble como seres humanos, lo que en mucha medida explica por qué somos tan malos educando, a pesar de nuestro ingente gasto en infraestructura, y tener excelentes textos y educadores; y por qué fracasamos en hacer algo útil con la Educación. Es horrible decirlo pero a veces pienso que somos un laboratorio del fracaso, que los éxitos de las personas que atraviesan el sistema son obtenidos a pesar de, y no debido a, el sistema. Basta con examinar lo que ocurre en términos generales con las personas exitosas, analizar su recorrido por el sistema, y llegaremos casi con seguridad a ciertos hechos terribles y muy penosos de aceptar, pero que debemos confrontar si queremos hacer algo. Me resulta difícil medir lo que pasó con mi generación, incluso con los que compartieron aula conmigo. Muchísimos emigraron, quizá más del 50 % contando a mis dos promos. Demasiados “quemaron cerebro” a través del inmoderado consumo de drogas legales y/o ilegales. Demasiados tienen vidas, familias y/o entornos inestables o disfuncionales. Otros simplemente se perdieron de vista, nada sabemos de ellos. Algunos fallecieron prematuramente por muerte violenta: asesinato pasional, atropello, incluso suicidio. Otros hicieron fortuna fuera de la ley, a través del narcotráfico, la estafa y otros delitos. También hay el otro lado, por supuesto, pero son tan pocos los que se reúnen a recordar los viejos tiempos, que hace que uno se pregunte por qué, no parece que esas épocas hayan sido para la mayoría un paraíso. Y en cuanto al aprendizaje, mi sensación personal fue que recién en la Universidad se aprendía “en serio”. 

La diferencia entre el profesor y el texto que menciono con otros profesores y otros textos no era la buena voluntad, que estaba presente en la gran mayoría. Ni era la sapiencia o la pasión, muchos conocían muy bien sus cursos y les gustaban. Ni tampoco el sistema en que se desenvolvían, el mismo para todos. Era la actitud frente a las personas que estábamos ahí en el papel social de escuchar, aceptar y aprender. Los profesores que yo más recuerdo eran aquellos que nos trataban como seres humanos, y trataban que entendiéramos la importancia de lo que estábamos haciendo. Creo que todos lo intentaban de uno u otro modo, pero el mismo entorno les impedía ser los seres humanos que a ellos mismos les hubiera gustado ser. Así como los alumnos que lo hicieron bien, lo hicieron a pesar y no por el sistema; los profesores que lo hacían bien, lo hacían no por el sistema, sino a pesar de él. Volvamos a la matonería – bullying. El concepto de currículum oculto nos ayudará a entender que en la práctica hay dos currículos: La excelente y cuidada currícula oficial, documento maravilloso, lleno de buenas intenciones, que el Ministerio se ocupa de estructurar y reestructurar cada cierto tiempo, y que las diversas instancias, hasta el maestro en su aula, tratan supuestamente de diversificar; y el currículum oculto, expresado en la realidad institucional de las escuelas, establecido por las reales acciones que se adoptan y resultado de las relaciones sociales realmente existentes. Para decirlo de un golpe, la currícula oficial considera la convivencia pacífica como el modo de establecer relaciones sociales democráticas y horizontales; el currículum oculto que las relaciones sociales reales son jerárquicas y basadas en la ley del más fuerte. Es decir, la matonería – bullying no empieza en las relaciones entre alumnos pares entre sí, sino en la integración a un esquema educativo jerárquico y autoritario, basado en la imposición de normas, la repetición de contenidos y la memorización de conceptos. Si pensamos – discutible, por supuesto – que el sistema educativo expresa el carácter de la sociedad, y que la Educación es la correa de transmisión de los contenidos socialmente deseables, pues entonces la extensión y amplitud del fenómeno de la matonería - bullying demostraría que éste es en la práctica el tipo de relaciones que existen en la sociedad.

V
Colofón

A veces uno sabe como empieza, pero no como termina un texto. Leer en el contexto del bullying nos lleva de hecho al bullying. Curioso concepto, que para que nosotros nos enteráramos que existía, tuvo que venir de norteamericanas latitudes, entre tanto “no lo vimos”. Seguimos siendo virreinales en nuestra educación y medievales en nuestro concepto de valores, y por eso no solamente ocultamos la matonería, sino que además sotto voce la consideramos como un hecho de la realidad al que hay que adaptarse, y algunos incluso la ven formativa para sus hijos. No hay padre de familia responsable que no entienda que hay que enseñar a los hijos a defenderse físicamente, y por eso los profes de artes marciales tienen tanta chamba en las clases medias. Tal vez el desprecio por la Cultura y los Libros que en la realidad existe, a pesar de todas las declaraciones líricas al respecto sea un reflejo, también, de esas relaciones sociales matonescas. Lo bueno es que el tema se ha visualizado y empieza a enfrentarse. Entremos en esa lucha, y entretanto Lee lo que quieras, como quieras, donde quieras. No te arrepentirás. Y cuídate del Bullying.